Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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CAPÍTULO CIENTO UNO
DEREK SALVATORE
El relincho de Nyx se escucha a metros del establo; de no ser por la música, el valle entero sería testigo de su sufrimiento.
Al entrar, me encuentro con una escena de cobardía. Las cucarachas, cuya vida depende de la salud de la yegua embarazada, se mantienen a distancia, acobardadas no solo por mi presencia, sino también por Morte. Mi semental exhibe todas las señales de una amenaza latente, impidiendo que el cuerpo médico se acerque para llevar a cabo su labor.
Sus orejas, rígidas y echadas hacia atrás; el cuerpo tenso; los ojos desorbitados, con las pupilas dilatadas. Pisotea el suelo una y otra vez. Sin embargo, cuando soy yo quien se aproxima, se aparta.
Acaricio a Nyx. Está inquieta, irritable. Basta un simple relincho suyo para que Morte se coloque detrás de mí, exhalando un aire frío sobre mi nuca.
—¡¿Qué le ocurre?!
—Presenta síntomas de un parto inminente —informa un chico del establo, rompiendo la mudez colectiva de los veterinarios—. Necesitan comprobar que no haya complicaciones, pero Morte... lo impide.
Y comprendo muy bien su actitud. Tampoco me gustaría que mi mujer fuera atendida por cobardes en un momento tan crucial. Aun así, es imposible hacer aparecer a un valiente de la nada.
Atendiendo a la urgencia, me dirijo al semental.
—Ey, amigo. Necesito que colabores.
Responde con un relincho potente. Cuando doy un paso al frente, él avanza otro para que no invada su espacio, moviéndose con estrategia para colocarse entre la yegua y yo. Antes de que lo logre, le agarro de la crin.
Forcejeo con él. Lo obligo a retroceder hasta encerrarlo en su cuadra.
—Estarán bien.
En el fondo, lo sabe. Aun así, permanece en alerta, pero no intenta escapar. Sopla con fuerza, conteniéndose para no empeorar la situación, atento a cada movimiento de los profesionales.
—Ey, ey, ey —aparece el parlanchín de Skull—. Vaya, parece que la fiesta se amplió aquí—. Le lanzo una mirada que espero que lo haga callar, confiando en que esta vez no se le enrede la lengua—. Tendrías que ir a buscar a Soraya.
—¿Por qué?
—Es su yegua.
Su observación se prolonga con detalles densos que no me detengo a escuchar. Salgo, ordenando que vigile a los demás, y él, como todo payaso, hace un gesto bufón, con la gracia excesiva que le robó a Dumb.