Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO CUATRO*
**SORAYA AGUILAR**
Estoy fuera de lugar. Con la llegada del nuevo día, quería pensar que lo de anoche fue solo fruto de una imaginación desbordada, pero no es así. La habitación de un maniático confirma una realidad desconcertante y escalofriante.
Ayer, dos hombres usaron mi boca: el primero, por placer; el segundo, para reclamar. Después... un cosquilleo me recorre mientras revivo la invasión de sus dedos, tocando mi pureza sin un permiso claro, solo un consentimiento silencioso que no supe cómo dar ni negar. Fue un instante cálido y turbio a la vez. Su atractivo era un disfraz perfecto para la locura.
No puedo caer. Tengo que huir.
Me levanto de la cama, con los efectos del narcótico ya disipados, cubriendo mi desnudez con la sábana de seda mientras busco mi ropa en vano. Si cree que esconderla podrá retenerme, está muy equivocado. No sabe con quién está jugando.
Frente a mí, tres puertas: dos normales y una corredera. Sé que por una apareció envuelto solo en una toalla y por otra salió. Decido abrir la corredera. Un vestidor inmenso se despliega ante mí. Cambio la sábana por la camiseta más cercana y empiezo a abotonarla, pero detengo el gesto al ver reflejada en el espejo a una chica... o algo parecido. Es difícil reconocerse con una melena salvaje y la camiseta de un maniático, como si en las últimas horas me hubiera estado revolcando con un poderoso empresario.
Molesta por la imagen en el espejo, arranco la prenda sin dudar. Estudio con más atención el vestidor: predominan los tonos negros, desde trajes elegantes hasta ropa informal, y varias sudaderas negras con capucha.
Escojo una sudadera amplia, lo suficientemente larga como para usarla de vestido. Sigo pareciendo una recién desvirgada, pero al menos ya no soy la puta del hombre de negocios. Eso se lo dejo a Laura.
Hora de huir.
Salgo a un pasillo de paredes negras. El negro es el color que me envuelve a cada paso. Camino descalza, buscando la salida, pero el abuso de marcos blancos me obliga a voltear hacia uno de los cuadros.
Siento la garganta seca, el corazón palpita irregular, y mis manos tiemblan.
—Ya sabías que te hacía fotos en el parque —me digo en voz baja, tratando de razonar frente al miedo, aunque suene absurdo—. Céntrate, Soraya. El objetivo es escapar.
Doy otro paso. Sin quererlo, mis ojos se posan en la siguiente fotografía. Contengo las lágrimas. Otra vez, soy yo la protagonista. Ya no es el parque, sino la cafetería. Luego, el mirador. Después, el barrio gótico, el cementerio, el puerto... Y una imagen diferente: una foto de la empresa donde trabajaba mi padre. En ella tengo quince años, inocente e indefensa. No son solo lugares; son mis refugios, fragmentos de mi vida que él ha convertido en su propiedad.