*002 - EL JUEGO*

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*CAPÍTULO DOS*

**SORAYA AGUILAR**



A la tarde, con el estómago vacío y el cuerpo entumecido por el peso de la rutina, llego al viejo departamento. Empujo la puerta, que cede con un crujido suave. Espero encontrar silencio. Abandono. Lo de siempre. Pero no.

Lo veo.

Hugo está tumbado en el sofá, sin camiseta, con la piel salpicada por tatuajes que se retuercen con el movimiento de su respiración agitada. El torso brilla con una fina capa de sudor, y su expresión —con los ojos cerrados y la mandíbula tensa— revela un placer privado, profundo.

Entonces lo escucho:

Un jadeo que le escapa sin control.

Un gemido breve, más grave, más hondo.

Su mano se mueve entre las piernas. Firme. Con ritmo. Se masturba sin pudor, creyéndose solo. Y yo... me quedo paralizada.

Es mi cuñado.

El hombre que ha estado en nuestra vida como una sombra constante. El que cargó con nosotras cuando no debía. El que merecía respeto, dignidad... y que ahora, frente a mí, se despoja de todo eso con una mano entre las piernas.

No siento deseo. Siento incomodidad. Un nudo en el estómago. El impulso de girar y salir, pero las piernas no me responden. No por atracción, sino por incredulidad. Por la brutalidad de ver tan de cerca una intimidad no consentida, un momento que debería pertenecerle solo a él... y que ahora me ha sido impuesto.

Entonces abre los ojos.

Inyectados. Sorprendidos. Y se encuentra con los míos. No se cubre de inmediato. No retira la mano. Nos miramos en un silencio espeso, incómodo, inmoral. Su respiración sigue agitada. La mía, contenida.

Después de unos segundos, parece despertar de la escena. Como si recién recordara que no está solo. Con un gesto lento, casi torpe, toma el cojín y lo coloca sobre su erección.

—Omitiré esto de mi cabeza —digo, sin poder sostenerle la mirada.

—No era mi intención... —responde con voz baja, avergonzado—. Si te volteas un segundo, lo soluciono.

—Mejor me voy... —doy un paso atrás, pero tropiezo con la pared. Una fotografía cae al suelo. El cristal estalla en mil pedazos. Me sobresalto—. Yo... perdón. No era mi intención —repito sus palabras, como si fueran las únicas que sé decir.

—Scheiße... —maldice entre dientes, abrochándose el pantalón con torpeza.

Cuando da un paso hacia mí, se me acelera el pulso. Su presencia pesa.

TERMINADO | CONTROLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora