Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO SESENTA Y SEIS*
**DEREK SALVATORE**
Recupero el conocimiento escuchando el eco de un llanto que me desgarra con cada lágrima. El mismo llanto que escuché en mi último aliento... o eso creía.
A falta de saber dónde está Soraya, estoy mejor que nunca. Quizás es normal, quizás esto le pasa a cualquiera que enferma y logra recuperarse. Soy invencible. Ningún virus puede conmigo, aunque en este caso el virus tenía forma de puñal, y dudo que mi sistema haya logrado regenerarse gracias a la medicina.
Acaricio la herida del dedo con orgullo.
Soy un hombre nuevo.
Un hombre al que le falta su mujer. Maldita sea: necesito a mi mujer.
Las heridas que causan los tubos que arranco sin medir fuerzas se cierran en cuestión de segundos. Estiro los músculos al salir de la camilla, cargado de energía. Cada pieza en su sitio.
Odas hace de guardia sobre mi hombro.
Voy directo a la sala de espera porque ahí deberían estar los míos; deben saber que estoy bien. Están preocupados. Ni siquiera Máximo pudo ocultarlo cuando nos quedamos en la habitación él, el no-médico y yo.
—Ha fallecido —anuncia Máximor, estando yo justo detrás.
Aunque tengo a varios de frente, ninguno me presta suficiente atención como para notar que estoy vivo. Están obsesionados con el rostro de Máximo. Y de no ser porque él es el centro, comunicando mi supuesta muerte, apostaría que estarían también perdidos en los demás rostros.
Máximo tiene copos de nieve dibujados. Damián, corazones. Alessandro, mariposas. Hugo, un enorme rabo; también una línea discontinua en el cuello y unas tijeras. Joder, ni que se hubieran quedado dormidos mientras moría.
—¿Dónde está mi mujer? —pregunto. Tardan en responder, así que repito elevando el tono—: La puta que os parió a todos. ¿Dónde está mi mujer?
Parecen infectados por el mismo troyano: misma expresión, mismo bloqueo. Hermanos, cuñadas y amigos van a empezar a hincharme las pelotas si no reinician ya y celebran que estoy vivo. Aunque lo que realmente quiero es que muevan el puto culo y me digan dónde está Soraya.
La pregunta es simple; la respuesta debería ser automática.
—¡Cabrón con suerte! —espeta Hugo.
Muy cabrón. Igual de cabrón que él, que lleva el cuello marcado evidenciando que ha repetido con mi hermano.
—¿Y mi mujer?
—Muy lejos no estará —contesta Máximo, despacio, todavía sin dar crédito a mi glorioso estado —No te cabrees, pero tuvimos que echarla de la habitación. Atacó al chico que te salvó.