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*CAPÍTULO CUARENTA Y UNO*

**DEREK SALVATORE**


*TRES AÑOS ANTES*

**FEBRERO DE 2021**


Estúpido Máximo. Sus idioteces siembran en mi cabeza pensamientos innecesarios que solo consiguen robarme el tiempo, ese recurso tan escaso y valioso.

Catorce de febrero. El día del amor, o mejor dicho, de la cursilería en masa. Cada calle se convierte en un circo de luces rosas, flores marchitas, y parejas pegajosas que no paran de susurrar te quiero con la solemnidad de quien recita una letanía. Un espectáculo diabético que me hace sonreír con amargura. Es el único día en que agradezco esta maldición que cargo, porque paso a paso arruino esas escenas de azúcar y pastel.

Iba a ser un día cualquiera en la oficina, uno más sin sobresaltos. Pero claro, mi hermano tenía otros planes.

Máximo insiste que San Valentín no es solo para los enamorados. Que también es un buen momento para tener un detalle con las amigas. Ignoraba su charla hasta que pronunció el maldito nombre: Soraya.

Si no le doy algo que esté a su altura —aunque solo sea una basura insignificante— llorará como una niña. O peor, se ofenderá. Eso solo puede significar; no más llamadas, ni más quejas. Visitaría a su padre, pero no a mí. Y eso no puedo permitirlo.

¡Odio San Valentín!

No sirve cualquier cosa. Tiene que ser chocolate. No cualquier chocolate, sino uno digno, dulce.

Entro en la chocolatería. De repente, el ruido de la calle se extingue, como si un muro invisible separara la realidad del lugar. Se apoderan las miradas: ojos que miden, que tiemblan, que esperan. Se siente el silencio moribuno, ese olor rancio a amor muerto, a decepción disfrazada de azúcar.

Hubo un tiempo en que el rechazo era un veneno que corría por mis venas, cuando me mataba por ser aceptado, por encontrar un lugar en el mundo. Creí hallarlo. Una ilusión que me volvió loco. Pero el orfanato ardió, y con él mis esperanzas.

No siento ni un ápice de remordimiento por los gritos que se ahogaron en las llamas, ni por las muertes de aquella noche. Aprendí que no debía bajar a buscar, sino mantenerme en mi trono, en mi superioridad. Fue en ese espacio que llegó Gunther. Y en ese mismo lugar, Soraya.

—Largo de mi vista —ordeno con voz firme, y ellos salen como si solo hubieran esperado la señal. La única que permanece es la dependienta—. Ocupa tu lugar, cucaracha.

Mis ojos recorren el local nauseabundo, un altar a la cursilería donde el exceso de colores pastel se mezcla con mobiliario de gusto dudoso. Yo lo reduciría a cuatro tonos: entre las paredes y el mobiliario, uno debería ser azul para equilibrar la paleta. Menos la vitrina que brillaría como el único pecador del lugar, ofreciendo un catálogo amplio y decadente de dulces disfrazados de romanticismo barato. Cosas de hoy.

TERMINADO | CONTROLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora