*088 - BRUSELAS*

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*CAPÍTULO OCHENTA Y OCHO*

**SORAYA AGUILAR**


Alessandro, abrazado a mí y perdido en un sueño que seguramente incluye un banquete de dulces, me tiene cubierta de babas. Por si eso no fuera suficiente, Boss duerme a mis pies y, de vez en cuando, relame las plantas, poniéndome en un aprieto al no querer despertarlos con un movimiento brusco.

Así he amanecido, después de que anoche invadieran mi cama junto a Hugo y Odas. El primero ya no está; el segundo observa con atención el colgante.

La joya ayer fue terror. Hoy es un enigma.

Según Hugo, con un margen de error ínfimo, la misteriosa piedra de supuesto material desconocido es, en realidad, un diamante azul. Y de entre todos los existentes, el más caro debido a su singularidad. En su interior guarda una mota morada que parece un relámpago atrapado.

Entiendo la elección. Lo que permanece en la incógnita es la necesidad de que quedara oculta bajo una capa negra que se limpió al entrar en contacto con el agua.

Las manos de Alessandro presionan mi centro al despertar. Al percatarse, las retira de inmediato y se frota un ojo con una, bostezando hasta que caen las últimas babas.

Al ser sábado no tiene prisa por llegar a clase. Yo, en cambio, debería plantearme regresar. A este paso perderé el curso por... no sé si insultar o no la situación, considerando que quizá sea una rehén.

—¿Y Hugo?

Se masajea el abdomen y la camiseta se le sube sin que se dé cuenta, quedando enganchada en sus antojables abdominales. Uno por uno quiero morder cada cuadrado de ese six pack.

—Ya no estaba cuando desperté —respondo, acortando disimuladamente el espacio. Todo esfuerzo queda inutilizado cuando Alessandro sale de la cama—. ¿Dónde crees que vas?

—A desayunar.

Antes de desperdiciar la oportunidad de comer algo distinto al castaño de ojos atigrados, me deslizo entre las sábanas. Opto por la postura más seductora de mi repertorio, me arreglo el pelo y humedezco los labios antes de ofrecerle la mejor invitación que alguien puede hacer jamás:

—¿Seguro que no te apetece otra cosa?

—¿Otra cosa?

—Sí. Algo como yo.

Su expresión cambia en un instante. Las cejas se fruncen, la mandíbula se tensa y los labios, que hace un momento sonreían somnolientos, se convierten en una línea fina.

—No soy caníbal... al menos no por gusto. Cuando me transformo no controlo mis actos.

—Hablo de sexo.

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