Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO SETENTA Y TRES*
**DEREK SALVATORE**
En contra de todo pronóstico —después de la milagrosa recuperación de Soraya, claro, porque me engañó desde el primer segundo— mis huevos están cada vez más cargados. Y el asunto solo empeora: la zorra más grande que ha conocido el mundo lleva varias noches desfilando por nuestra cama con distintos conjuntos comprados exclusivamente para torturarme. Se restriega contra mí, provoca, calienta, y en cuanto la toco... se aleja.
Supe desde que descubrió nuestras mentiras que iba a cobrarse venganza. Y sé que su tortura favorita es no follar conmigo. Pero ella siempre ha sido experta en ignorar los contras cuando se trata de fastidiarme a mí.
Extrañará la silla de ruedas cuando la agarre. Aunque nos la hemos quedado, por si acaso.
La observo mientras se quita la lencería azul a un ritmo letal, cada segundo más lento que el anterior, y siento los latigazos en la polla. Maldigo el contrato, lo maldigo aún más cuando se inclina frente al cajón para buscar una braguita limpia, dejando el coñito rosado expuesto, brillante por la humedad, rogando por mí. Lo sé. Esa humedad no miente.
Tentar a la muerte le excita.
Maldita loca
Sudo cuando se pone la camiseta sin ponerse sujetador y los pezones se marcan duros, perfectos. Luego se sube el pantalón y el tanga de hilo le dibuja el culo entero.
Va vestida, pero yo solo veo a Soraya desnuda. Y si yo la veo así, también lo harán los compañeros de clase, los profesores, los del gym, mi familia, cualquier ser humano que se cruce en su camino... y todos se llevarán la imagen con la que se van a masturbar.
—Cámbiate —ordeno, apretando la sábana para no arrancarle la ropa yo mismo.
—Ya lo hice. ¿Estás ciego?
—Ni un ciego te dejaría salir así.
—¿Así, cómo? —Se acaricia los pezones por encima de la tela, sabiendo exactamente lo que hace. Mi bestia interna ruge. Me planto delante de ella, manos en la pared, arrinconándola. Sus ojos dicen miedo; su lengua dice lo contrario. No sé a cuál creer—. ¿Así cómo? Yo creo que voy bonita —sonríe, provocando—. ¿Tú no lo crees? ¿Insinúas que soy fea? Si tan fea soy... ¿Por qué estás loquito por mí?
—Deja de jugar.
—¿De verdad crees que soy fea? —pone puchero.
—¿Necesitas escucharlo?
—Obvio.
—Cuando te veo, cuando analizo tu belleza, lo único que me viene a la cabeza es el documental del pez borrón que me dio pesadillas durante meses. Y aun así... ese bicho me parece más bonito que tú. —Queda atónita; todos saben que ese animal es lo más feo que existe—. Cámbiate.