*014 - SED DE SANGRE*

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*CAPÍTULO CATORCE*

**DEREK SALVATORE**


Aborrezco a la humanidad. Más aún cuando una repulsiva cucaracha no me entrega aquello que exijo por derecho.

Avanzo por los pasillos de la vieja mansión italiana, ignorando las involuntarias reverencias de las cucarachas que se apartan a mi paso. Antes me molestaban más. Cuando no entendía que era por la naturaleza de la maldición.

Me dirijo a las mazmorras.

Al igual que la castillo en España, esta también tiene sus celdas ocupadas. No sé por qué están aquí. No necesito saberlo. Bastante tengo con saber que son culpables. 

Nuestros juicios son sagrados. Sin interpretación posible. Porque nosotros, los verdugos, escribimos la ley.

No me entusiasma estar aquí.

Después de dos años sin mi mujer, preferiría estar jodiéndole el día. Pero la cuenta de nuestra tragedia sigue en negativo, y no me detendré hasta llenar de gusanos los cuerpos de los responsables.

Además, estar aquí también me sirve de excusa para alejarme de ella. De las acciones que otros plasman en un papel que debo interpretar como si fuera el antagonista.

Llego frente a una puerta antigua, de acero negro, reforzada con siglos de miedo. Solo puede abrirse con la llave que llevo siempre conmigo. La introduzco sin apuro. El metal cruje. Como si también temiera lo que hay adentro.

La estancia es mohosa y lúgubre. Huele a hierro viejo, sudor seco y orina estancada. A diferencia de las otras celdas, aquí no hay barrotes. Solo muros de piedra gruesa, sellados, fríos, sin rendijas ni ranuras. No entra luz. No hay sonido. No hay escape.

El lugar perfecto para perder la razón.

El puto paraíso para ratas e insectos, atraídos por el hedor del próximo cadáver colgado del centro, como un venado cazado y olvidado por capricho.

Ya no grita. Solo existe. Apenas.

Me quito la sudadera. Lo doblo con calma y lo dejo sobre una silla oxidada. Después, me equipo. Guantes reforzados. Botas de punta metálica. Armas para las extremidades.

Y saco el cubo. Siempre lo dejo a sus pies. Una mezcla de fluidos diseñada como perfume exclusivo para mis enemigos: vómito, excremento, sangre seca, saliva, bilis. Una alquimia de la degradación humana.

Lo lanzo sobre él. El impacto lo obliga a despertar.

Buongiorno —saludo, sin calidez.

El líquido gotea desde su cabeza hasta sus pies desnudos, escurriéndose por los cortes infectados que no han tenido el lujo de cerrarse. Levanta la mirada apenas, los ojos hinchados, sangrantes.

TERMINADO | CONTROLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora