*031 - TRES ESPOSAS Y UNA NOVIA*

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*CAPÍTULO TREINTA Y UNO*

**DAMIÁN SALVATORE**


El sol se asoma con fuerza a través de las ventanas abiertas, bañando la habitación con una luz cálida que se filtra entre las cortinas ligeras. No es temprano, pero el día todavía guarda esa quietud perezosa de la mañana tardía, cuando el mundo parece suspirar antes de despertar del todo.

En el rincón del colchón, Liang y Kora se entregan a un lento ritual, sus cuerpos entrelazados bajo la luz dorada. Sus labios se buscan con un deseo paciente, sus lenguas entrelazadas en un juego de exploración que parece fundir sus almas y pieles. El contraste de sus tonos —amarillo cálido el de Liang, blanco suave el de Kora— se mezcla a medida que se despojan de las prendas, revelando curvas que se buscan y acarician con una devoción casi reverente.

Liang besa los pezones erguidos de Kora con una delicadeza casi obsesiva, mientras Kora responde mordiendo el cuello de Liang, dejando marcas que se sienten como promesas de placer por venir.

La atmósfera en la habitación está cargada de un erotismo sutil y potente, donde cada suspiro, cada roce, parece amplificado por la quietud del valle.

A mi lado, Samiya aprovecha que mi kimono está abierto para deslizar sus manos por el torso, combinando caricias suaves con una urgencia que me recorre. Sus labios se unen a los míos en un beso profundo, mezclando sabores y deseos. Cuando abre la boca, compartimos un beso húmedo y cálido que enciende mi piel.

Mis tres esposas y mi prometida son las joyas más valiosas del valle, talladas por mis manos para ser no solo hermosas, sino fuertes, letales... y apasionadas.

La menor, protegida por las reglas que mi hermano impuso, aún permanece fuera de este círculo de fuego y pasión, un recuerdo silencioso de los límites que aún se respetan.

Liang y Kora se entregan a sus cuerpos con una exquisita lentitud, sus gemidos se entrelazan con besos suaves y ardientes que apenas dejan escapar suspiros. Sus pieles contrastan, creando un lienzo vivo de deseo. Mientras ellas se exploran, mis ojos no pueden apartarse de Samiya, cuyos labios carnosos y habilidosos devoran mi virilidad con un arte majestuoso, llenando su boca y jugando con cada centímetro, mientras mis manos descansan en su nuca, sujetándola como a un tesoro.

Cerca de nosotros, la jaula de madera sobre la mesita cruje suavemente cuando la abro. Con cuidado, tomo a la rata por la cola y la dejo deslizarse por el suelo, presa indefensa destinada a Apofis. Esa anaconda, regalo de Soraya, es más que una simple mascota; es un símbolo vivo de poder y transformación. 

Llegó a mí como una cría frágil de apenas cuarenta centímetros, y en este tiempo ha crecido hasta convertirse en una gigantesca serpiente de escamas brillantes, majestuosa y letal, que se enrosca y despliega con una elegancia hipnótica.

TERMINADO | CONTROLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora