021 - BOSS

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*CAPÍTULO VEINTIUNO*

**SORAYA AGUILAR**



Frío como un glaciar, así amanece la ciudad, con un aire cortante que se cuela por cada rendija. Diciembre ya está instalado, y las calles lucen decoradas con luces titilantes, guirnaldas rojas y verdes que abrazan farolas y balcones, mientras los escaparates brillan con sus colores y figuras navideñas. Viejos barbudos con trajes rojos desfilan por las plazas, y los villancicos escapan de altavoces invisibles, envolviendo todo en una mezcla de nostalgia y alegría anticipada.

Pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver al Dios nacido. Beben y beben y vuelven a beber —canto saltando entre los charcos congelados, frenando cada cierto para que mis chicos no me pierdan entre la multitud abrigada con bufandas y gorros de lana—. ¿Dónde vamos?

—A un lugar —responde Alessandro con una sonrisa misteriosa.

—¿Qué lugar?

—Uno que te gustará.

—Dame pistas, más pistas —insisto, mientras la curiosidad calienta un poco mis manos heladas.

Temprano, Alessandro apareció en casa para el desayuno, rompiendo nuestros planes de sofá y manta. Tiene un plan preparado, uno que le cuesta compartir pero sabe cómo hacer crecer la expectación.

—Hugo se sentirá como en casa —anticipa, mientras infló mis mejillas en gesto de fastidio.

—Eso no ayuda —le contesto, haciendo un gesto de desdén.

—Entonces tendrás que esperar a llegar —me pincha, soltando el aire de mis mejillas con una risa.

Nos dirigimos al metro, sumergiéndonos en el bullicio típico de estas fechas. La estación está adornada con luces parpadeantes, y carteles anuncian promociones navideñas. Pagamos un único billete y, aprovechando un despiste del personal de seguridad, logramos colarnos entre la multitud. Parece que en estas fiestas hay ofertas 3x1, y no vamos a dejar pasar la oportunidad.

El viaje termina cuando empiezan a escucharse ladridos cada vez más cerca. Al llegar, comprendo la pista: estamos en la perrera.

Alessandro avisa por el interfono y aparece una mujer de melena castaña, con ropa limpia y cara, nada habitual para el lugar. Se presenta y se retira, dejando a Alessandro al mando. Se mueve con soltura, parece un visitante habitual.

—¡Sorpresa! —grita Alessandro, entusiasmado.

—¿Una perrera? —cuestiona Hugo, incrédulo.

—Dije que estarías como en casa.

TERMINADO | CONTROLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora