Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO NOVENTA Y SIETE*
**DEREK SALVATORE**
La naturaleza se revela en su máximo esplendor y sin filtros. Las piedras, talladas lentamente por el paso incansable del tiempo, parecen contar historias milenarias. Los árboles se yerguen con una autoridad indiscutible, dueños absolutos de este reino, con troncos gruesos y ramas que desafían el cielo. Por doquier, el aire vibra con el canto de una abundante bandada de aves, libres y confiadas.
Los animales, curiosos pero cautelosos, no huyen ante mi presencia, pero tampoco se muestran. Se ocultan entre la vegetación espesa.
Llegar aquí, justo en estas coordenadas donde enviamos las distintas muestras para la cura de la droga en licántropos, no ha sido sencillo. Ni siquiera con el todoterreno he logrado evitar los obstáculos del camino.
Nunca pensé que unos simples números pudieran delimitar un pueblo, pero mucho menos que me dejaran en medio de la nada salvaje.
Ahora, solo puedo esperar.
Con tabaco en mano y una paciencia casi inexistente —aunque sé que tendré que recurrir a ella— me apoyo contra un tronco viejo y rugoso. El tiempo parece avanzar con una lentitud exasperante, como si cada segundo quisiera probar mi resistencia.
Mi mente se dispersa, intentando concentrarse en todo y en nada a la vez. No quiero pensar en las últimas horas, en todo lo que salió mal, pero tampoco puedo ignorar la realidad. Cada pérdida, cada error, se clava en mí como un recordatorio constante: en este momento, soy un perdedor. Y esa idea me pesa, pero también me despierta. No quiero que esto se vuelva permanente.
Ataré cada cabo suelto que, en mi inconsciencia, dejé flojo.
Las horas siguen avanzando, y con ellas pasan también varios días, mientras yo permanezco inmóvil, quieto, tenso e irritado, pero esperando. Porque necesito estar aquí.
A veces siento que alguien me observa desde la distancia, como si me advirtieran que no debo acercarme. Sin embargo, no desisto. No soy el enemigo, y ellos deben aprender que un pasado no puede definirnos — ni a mí, ni a mis hermanos.
Entonces, con la salida de un nuevo sol, escucho cómo la vegetación se estremece ante una figura enorme que aparece entre las sombras. La reconozco perfectamente, aunque su brillo se apagó desde la última vez que nos vimos en Bruselas.
—Tiny Stove —alzo la vista hacia él.
No hay reproches por el apodo. La muerte de su alfa lo ha marcado, lo ha quebrado y transformado, dejando un rostro más frío, más parecido al de Máximo.
—¿Vienes por él? —me pregunta con la voz cargada, tensa.
—Sí.
El silencio que sigue a mi respuesta se amplifica con el eco de las montañas, como si el mundo mismo sintiera el peso de mis intenciones. La vida parece querer ocultarlas, porque sabe que el final de este camino solo traeré muerte.