*061 - UN CUENTO MAL CONTADO*

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*CAPÍTULO SESENTA Y UNO*

**GIOVANNI SALVATORE**



Daniela sostiene el espejo en el ángulo que le indiqué mientras perfilo el canino izquierdo superior. Igual que el derecho, está un poco desviado.

A la muy desubicada le brillan los ojos cada vez que enseño los dientes; a la pequeña zorra de Damián le fascinan mis colmillos afilados. A mí me fascinan sus tetas, también rescato algo de su cerebro de majadera.

Se me antoja un revolcón rápido en el establo.

A esta zorra Damián le debe orgasmos, y me apetece echarle una mano con la contabilidad. No soy un santo ni un seguidor de la ley. Que sea su novia no me impide imaginar cómo haría que gritara hasta quedarse afónica.

—Jack, deja los dientes —aparece el flojo, como siempre a destiempo.

—Aleja a tu puta de mí o me la follo.

—Sabes cómo son las reglas —gruñe él, sin mucha convicción.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? Marca tu territorio, hostias. Es tuya.

Damián respira hondo, ese aire de mártir que siempre lleva encima.

—Si mi futura esposa quiere experimentar, podemos sentarnos y llegar a un acuerdo. Pero que lo diga ella, no tú.

La niña no espera respuesta: se lanza contra él. Damián le abre los brazos y la recibe con un beso en la coronilla.

—A mí me gustas tú —le confiesa ella, acaramelada.

—Eres joven de espíritu, chiquita —ronronea él—. No quiero que luego te arrepientas de lo que dejaste de vivir por encapricharte tan pronto. Y, bueno... podría ser un trío. Pero antes tendría que hablar con tus hermanas y tú ser adulta.

Vómito filosóficos arcoíris. 

La parejita se va después del desayuno y de que el imbécil repita, por tercera vez, que deje en paz mis dientes. Mis dientes. Mi cuerpo. Que el cabrón sea más grande no le da derecho a mandarme como si fuera un potro sin domar.

Con el mal humor mordiéndome la nuca, lanzo la navaja contra la mesa. Rebota. No se rompe. Lástima.

Salgo a paso firme en busca del caballo. Necesito aire, distancia, cualquier cosa que me saque de esta ridícula prisión que sólo tolero porque, a veces —muy pocas veces—, algo de sangre y ambición le ponen sabor al encierro.

Echo de menos a los italianos.  Cazar a esas alimañas engreídas me alegró los días. Eran rápidos, creativos para escapar... y muy ruidosos para morir. Pero su debilidad los borró demasiado pronto del mapa. Puf. Polvo inservible.

TERMINADO | CONTROLDonde viven las historias. Descúbrelo ahora