Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
*CAPÍTULO OCHENTA Y NUEVE*
**SORAYA AGUILAR**
Hugo y mi hombre nos guían a Alessandro y a mí únicamente con la voz. En nuestra primera mañana en Bélgica nos han despertado con la petición de colocarnos antifaces y dejarnos llevar. Ambos hemos aceptado a regañadientes, básicamente porque no nos han dado otra opción.
Quiero mi ración diaria de manzanas. No estoy para juegos de niños inmaduros que solo alimentan mis ganas de cometer asesinatos.
—Izquierda —ordena la voz.
En otras circunstancias, no me importaría que esa voz me guiara en la oscuridad. Pero, ahora mismo, si no hay manzana, quiero sexo. Estoy insatisfecha, incluso después de anoche, cuando estuve brincando sobre el pene de mi hombre hasta quedarme sin fuerzas. Aún exhausta, le exigí que siguiera. Creo que paré cuando me desmayé.
Por otro lado, aunque estemos en paz, sigo sin tolerar su nombre, como si fuera un castigo divino por tantas noches de cama fría. Afortunadamente está el bambino. Para mí es suficiente; los demás que se busquen otro apodo o empezaré a repartir bofetadas.
—Como me caiga iré a por la Finnismortis —le advierto al topar con un escalón.
—Te estoy sujetando —susurra pegado a mí.
Necesito bragas limpias.
—No toques —se queja Alessandro.
—¿Y si te digo que solo estamos nosotros?
La nalgada se oye a kilómetros.
—¡Hugo! En público no.
—Me tienes que actualizar sobre ellos —vuelve a susurrar el hombre que alimenta mis fantasías.
Nos dan el alto tras la apertura de unas puertas. El aroma a manzana roja golpea de lleno a un estómago que ya suplicaba en silencio y que ahora monta un berrinche en toda regla.
Cuando recuperamos la visión, nos encontramos en un bufé privado dividido en dos mundos: el de los dulces de Alessandro y el de los platos con base de manzana roja.
—¿Y para esta cosita tanto show? —me quejo.
—Gracias, Hugo. —Me toca educar a Alessandro. Si Hugo le regala la luna, debe exigir el sistema solar; después la Vía Láctea, Andrómeda y todo lo que siga. El universo es infinito por algo—. Yo también... bueno, también me gustaría darte algo, pero todavía no sé el qué.
—Ha pagado Death.
—Sí, he sido yo —confirma el bambino justo cuando decide poner a prueba su eternidad pinchando una tarta de manzana.