Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO OCHENTA Y CUATRO*
**MÁXIMO SALVATORE**
Todavía me cuesta asimilar que el chico al que hice pasar un mal trago sea mi hermano pequeño. Aunque, pensándolo bien, tiene sentido. Tras varios días quedando con él, conozco bien su apetito insaciable.
Me esfuerzo por recuperar el tiempo perdido. Quiero conocer cada detalle de su vida. A veces creo que lo agobio con tantas preguntas, pero con él todo parece ir bien mientras haya comida de por medio.
No le pregunto por lo malo; al pasado ni me acerco, esperando nuestra reunión de hermanos. Solo busco sus intereses, para encapricharlo de la misma manera que lo he hecho con todos.
Además de la comida, le gusta la ropa. Los tirantes son su prenda favorita: los tiene de todos los colores y sabe combinarlos a la perfección. No le gusta mancharse, y cuando lo hace, su tristeza es tan profunda que me dan ganas de contratar un equipo de modistas exclusivo para él, trabajando solo para él.
No siempre voy solo. A veces nos acompañan Darley, Damián o Pietro. Al pequeño lo solemos ver en sus entrenamientos de fútbol, un deporte que practica por Hugo. Tío y sobrino, sin conocer su conexión, se llevan de maravilla; claro que el motivo principal es que sabía que su papel con Darley era una colaboración con el segundo hermano, para asegurarnos de que estuviéramos juntos.
El caso es que he estado tan ocupado queriendo a mi hermano perdido que he descuidado el encargo del segundo.
Mi escritorio parece un campo de batalla, lleno de documentos que debo revisar. Tengo que organizarlos y deshacerme de lo innecesario, y, para ser sincero, deseo que eso ocurra pronto.
Mi nombre dejará de estar vinculado a tratas de mujeres y a la infinidad de negocios que el apellido nos dio y que nunca presté atención. Para eso tenía un consejero... que hace dos semanas desapareció.
Tengo un mal presentimiento.
Aflojo el nudo de la corbata, paso la mano por mi cabello y masajeo la piedra que guardo en el bolsillo, intentando aliviar la tensión acumulada al revisar los papeles.
Algo no cuadra.
Estoy seguro de que algo muy malo sucede con las cuentas. Con el paso de los meses, las irregularidades se vuelven más evidentes, como si faltaran ingresos de puntos concretos.
Aprieto la piedra, que tiembla en mi mano, al descubrir un contrato de traspaso. No, no es un traspaso; es un generoso regalo. Y, para mi desgracia, hay más de uno, cada vez de lugares más importantes.
Como dirían los míos: se han meado en mi cara.
Siento una presión intensa en el estómago. Repaso cada reunión, cada palabra, cada momento en que confié en él. Momentos en los que fui un necio firmando sin leer.