Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO UNO*
**SORAYA AGUILAR**
Dos conjuntos: el primero, una camisa roja con vaqueros; el segundo, un jersey gris de cuello alto y pantalón negro.
El vestuario, indiscutiblemente, es la primera decisión del día, esa que nos obliga a sumergirnos en el armario en busca de la elección perfecta: la que evite críticas, nos eleve por encima de la media y justifique sacrificar la comodidad. Claro que también están quienes se ponen lo primero que encuentran.
Algunos nos detenemos a meditar posibilidades; otros actúan sin pensarlo. Los hay que se pierden en los detalles, y los hay que exprimen cada segundo, guiados por el lema: Carpe diem —aprovecha cada instante como si fuera el último.
—Jefa.
Hugo de León, mi cuñado incorregible, irrumpe en la habitación sin llamar. Sus ojos están enrojecidos —seguramente por alguna droga que prefiero no cuestionar— y lleva esa sonrisa desparramada que lo delata. Para colmo, aparece justo cuando estoy ligera de ropa. Apenas tengo un segundo para cubrirme con los brazos y las manos.
—No te escondas, jefa —sonríe, mostrando unos dientes amarillentos que alguna vez fueron impolutos—. Estamos en confianza. Somos familia. Y la familia se respeta.
—Si respetaras, llamarías a la puerta.
—No se me da bien pedir permiso estando en mi casa —hace un puchero y se fija en los conjuntos sobre la cama—. Dicen que hoy bajarán las temperaturas. Así que te aconsejo el jersey, pero con el vaquero.
—¿Ahora miras el parte del tiempo?
—No tengo nada mejor que hacer —encoge los hombros, metiendo las manos en los bolsillos—. Te quedará guay. Los grises siempre han combinado bien con el color de tus ojos. ¿Cuándo vas a confesar en qué óptica compras esas lentillas? Seamos sinceros: ese azul tuyo es más falso que yo sobrio.
—Sabes perfectamente que es natural —respondo, vistiéndome—. ¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? —se queda pensativo un momento, hasta que da una palmada y se señala con arrogancia usando el pulgar—. Este ser divino ha despertado productivo. He hecho el desayuno para los dos. Así que mueve ese antojable trasero antes de que se arruine mi mayor esfuerzo.
—Cuatro minutos y voy.
—Que sean tres.
Una vez preparada para un día más —monótono, como siempre—, me reúno con mi cuñado en el precario comedor. Hugo mantiene la mirada fija en una carta que sostiene con la mano derecha tensa. Lee en voz baja, susurrando palabras que no llegan a mis oídos.