Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO SEIS*
**SORAYA AGUILAR**
Espero en el portal, envuelta en la brisa tibia de la medianoche, mientras las doce campanadas resuenan como un eco contenido en el pecho. Derek aparece puntual, deslizándose en el Ferrari azul que se detiene frente a mí como una promesa peligrosa. Enciendo el directo justo cuando el motor se apaga.
Baja del coche con una elegancia feroz. Impecable, trajeado, dueño del momento. Con un leve movimiento de su dedo índice, me llama. No dice una palabra. No necesita hacerlo.
Me acerco, casi hipnotizada. Me toma de la barbilla con firmeza, sin brusquedad, y sostiene mi mirada por unos segundos eternos. Entonces saca el labial que rechacé. Lo destapa con lentitud, sin apartar sus ojos de los míos.
—Abre los labios —ordena, apenas un susurro.
Obedezco.
El contacto es sutil, preciso. La barra del bálsamo se desliza sobre mi boca con una delicadeza que contrasta con la intensidad de su mirada. Cada trazo parece una caricia que no se atreve a serlo del todo. Siento su aliento, cálido, peligroso. Está demasiado cerca.
—Ahora sí —murmura, contemplando su obra como si me hubiera marcado.
Y lo ha hecho.
—Tengo condiciones —digo apenas me suelta, aún sintiendo el calor de sus dedos en mi piel.
—No estás en posición de exigir.
—No te quiero en mis problemas.
—Sube.
Obedezco. Tristemente, obedezco.
Me abrocho el cinturón antes de que lo haga él. Guardo silencio. Afuera, la ciudad duerme; adentro, intento no temblar. Me obligo a aparentar calma, pero los nervios me hierven bajo la piel.
—¿Por qué yo?
—Ya lo sabes.
—Ella... —una idea me eriza la nuca—. ¿Me parezco a tu esposa muerta? ¿Es eso? ¿Por eso esta obsesión... conmigo?
—Cierra el pico —su voz es un filo.
Y su silencio, una confirmación.
Conduce sin mirar atrás, dejando atrás Barcelona. Las luces se apagan una a una hasta que solo nos envuelve la negrura del bosque camino a su mansión. La tensión entre nosotros se espesa, como niebla.
—Lamento lo que te pasó. Aunque no fue mi culpa —digo, justo antes de que frene de golpe.
El coche se sacude. El motor sigue encendido, pero todo está en pausa.