Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
*CAPÍTULO TREINTA Y SIETE*
**DEREK SALVATORE**
*HACE TRES AÑOS*
**FEBRERO DE 2021**
Tengo los dedos destrozados, con la sangre acumulada en las puntas, mientras me aseguro de colocarlos bien sobre las cuerdas. Me guío por un tutorial online, ya que el estúpido de Máximo no sabe nada de guitarras. Tampoco sabe de muchas otras cosas. Así que me he vuelto autodidacta, y también un imbécil después de haberle mentido descaradamente a Soraya diciéndole que soy maestro en el instrumento.
Sin embargo, una mentira no era suficiente; me he convertido en el imbécil más grande con una agenda imposible.
Por otro lado, sería más simple dejar de mentir, pero hacerle saber que no soy perfecto, a mi mejor amiga, resulta que no me nace.
Máximo entra en mi habitación tras tocar la puerta. Luce agotado, en pijama y con unas horribles ojeras. Lleva días sin dormir; se nota el cansancio en su cara de hielo.
—¿Nos dejarás dormir hoy?
—Sufre conmigo.
—Lo hago y temo enloquecer, hermano. Llevas días impidiendo nuestro sueño, el de mi hijo y el mío. Te lo pido, te lo suplico, por favor. Dile que no sabes, que por una vez no se te da bien algo, que no eres perfecto.
—Quedaré como un mentiroso.
—Es lo que eres.
—No, si aprendo —suelto la guitarra malhumorado; contemplar la opción de quedar como un farsante me irrita—. Aprenderé lo que sea. Seré maestro en cada disciplina. Cantaré, compondré, bailaré, fotografiaré... Haré cualquier cosa por una de sus sonrisas embrujantes.
—Hermano...
—¿Qué hay de malo en querer complacer a mi amiga?
—Nada.
—¿Entonces?
—Date cuenta.
—¿De qué?
Espero la respuesta, que parece estar meditando cómo decir a causa del tiempo que pasa sin responder. Inicia algo, lo vuelve a pensar, trata de nuevo, pero el móvil lo salva.
—Tengo dos noticias, una buena y otra excelente. ¿Con cuál empiezo? —habla Gunther.
—La que prefieras.
—Veamos, la excelente. He entregado el billete a tu tío —sabía que la excelente era que había matado a mi tío; siempre la excelente es la muerte de alguien que le gusta presumir. Realmente me genera más expectativa la buena, considerando que no suelen haber buenas—. La buena: estoy en tu mierda de antro, perro. Espabila.