Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO CIEN*
**SORAYA AGUILAR**
Hasta aquel día había creído tenerlo todo bajo control. Qué ingenua.
La reunión había terminado arrancando más secretos de los que yo misma había previsto. Secretos que no eran míos... sino suyos. Del hombre al que adoraba. Del padre al que siempre había mirado con admiración ciega, y que ahora no sabía ni cómo mirar.
Todo me había detonado en la cara.
¡¿Cómo pudo hacerlo?!
¿Y cómo demonios Heinz lo había encubierto durante tanto tiempo?
No iba a perder la cordura. No podía. Pero era difícil. Cada recuerdo tiraba de otro, cada duda abría una grieta más profunda. Tenía demasiadas preguntas, demasiados silencios mal colocados. Y en cualquier momento iba a estallar. No como una bomba... sino como una tormenta furiosa, con gotas golpeando cada vez más fuerte, sin pausa, sin espacio para respirar.
—¿A partir de hoy no me dirigirás la palabra? —preguntó. Su voz era la de un hombre agotado, alguien que había cargado con algo que lo estaba desmoronando por dentro.
—¿Y de qué pretendes hablar? —escupí, sin intentar suavizar el tono. La molestia era demasiado grande para esconderla.
El silencio regresó entre nosotros, espeso, incómodo, quebrado solo por el ronroneo áspero del coche viejo. Cada segundo era una oportunidad para pensar, para intentar encajar las piezas... o para rendirse. Porque al llegar a casa tendríamos que mentir. Y la verdad es que ambos éramos expertos en eso.
—Te responderé cualquier pregunta —dijo.
Y antes de formularla, sabía que no respondería.
—¿Cómo puedes trabajar para ellos?
Vi cómo su expresión se tensaba apenas un milímetro.
—Esa respuesta es demasiado larga... y hoy no es el día para entretenernos. Dietrich lleva semanas preparando vuestra fiesta. Sería un gesto feísimo no presentarse —fingió una sonrisa. Una de esas sonrisas rotas que intentan consolar, pero no engañan a nadie—. Mañana será otro día.
Otra pausa. Más larga. Más cargada. Las preguntas seguían golpeando dentro de mí, arañando, buscando salida. Pero ya entendía que cualquier respuesta relacionada con el enemigo sería una pared más alta de lo que podía saltar. Así que elegí otra grieta:
—¿Alguna vez le tuviste miedo a Dietrich?
Él respiró hondo. Muy hondo.
—Mi especialidad siempre fue la actuación —murmuró—. Por eso casi siempre me asignaban misiones de infiltración. Hasta que...