Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO*
**DAMIÁN SALVATORE**
Estoy inmerso en mi ritual matutino: los bonsáis me rodean, y yo alambro un Acer palmatum tras media hora de meditación y un baño helado que me deja la piel dormida y el corazón despierto.
Mis ojos recorren las ramas, imaginando su diseño, trazándolo en la mente antes de llevarlo a la realidad. Entre hierbajos dispersos, descubro una telaraña. La arranco con cuidado, irritando a su diminuta creadora. La pequeña araña me lanza una mirada de desafío; casi puedo jurar que me maldice. Su indignación se calma cuando la traslado fuera del invernadero, en un tronco normal, un nuevo reino para ella.
Mis gustos son un laberinto de rarezas y fascinaciones.
Vivo relajado, excepto cuando la pasión, las fiestas o los castigos llaman. La ley Salvatore corre por mis venas. Y si derramo sangre por mi gobernanta... el mundo parece inclinarse un instante ante mí.
Soy lo que soy: exótico, exquisito, inimitable. Por eso me aman... y me envidian. Mientras otros se esconden en rutinas grises, disfrazando sonrisas, yo me muestro sin filtros. Soy la honestidad hecha carne.
Mientras bajo cuidadosamente una rama, un grito atraviesa la mansión y me eriza la piel. El bonsái cae de mis manos, su golpe seco resonando en el silencio.
Corro hacia la fuente del caos. Subo los escalones de cuatro en cuatro. Recorro el pasillo, cada zancada aumentando la tensión que ya me oprime el pecho, hasta que llego a mi habitación.
Daniela, mi chiquita, está histérica, después de que la había dejado durmiendo plácidamente. Llora desconsolada. Por el escenario, sé que su estado no proviene de su bipolaridad, sino de las pastillas que un hijo de puta ha esparcido por el suelo. No hablo de una caja, sino de muchas, convirtiendo sus "buenos días" en un auténtico infierno.
La rabia me quema la sangre mientras me acerco a mi dulce chica, mi futura esposa.
Intento abrazarla, pero me esquiva.
—Chiquita.
—¡No quiero! —grita, amarga por su mayor tormento—. ¡Dijiste que no me las tenía que tomar! ¡Lo dijiste! ¡Mentiroso! ¡Eres un mentiroso! ¡Te odio!
¡¿Quién sabe de su trastorno?! ¡Quién?!
Aparte de Samiya, Nana... y yo.
—Y no quiero que lo hagas.
—¡Traidor!
La retengo en mis brazos. Aun así, se retuerce con furia, y uno de sus golpes me abre un corte. La sangre me recorre la piel caliente; un recordatorio de que nunca hay tregua con ella.