Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO CINCUENTA*
**MÁXIMO SALVATORE**
Sufro un bloqueo artístico.
Mi hermano ha pedido armas nuevas para la guerra que, tengo la sensación, ya se libra en las sombras desde hace tiempo. Y si así lo percibo, para mí es confirmación suficiente. Sin embargo, a falta de información, aquí estoy, con los papeles desplegados sobre la mesa, incapaz de crear.
Mi ánimo atraviesa un bache enorme.
Fui rechazado.
Quiero que me vea como un hombre, pero siempre me verá como un padre. Es lógico, lo sé, aun así, destruyó mis sentimientos. Y duele.
Duele cada vez que la veo, duele cuando la encuentro en cada esquina de nuestro hogar, duele no poder hablar de lo que pasó, duele cuando trato de saludarla amablemente, como si nada hubiera sucedido.
Es injusto. Injusto para mí. Pero donde no hay amor, no se puede obligar a que exista.
Si tan solo hubiera callado... estaría bien. Pero la situación y unas copas de más soltaron mi lengua. Hubiera deseado mantener silencio, pero tuve que hablar. Y las cosas cambiaron.
Ya no puedo observarla como antes, no puedo adorarla en la distancia ni fingir que no siento. No hay retroceso. He arruinado uno de los momentos más destacados de mi día, uno de los que me hacían sonreír por dentro y que nunca podré recuperar.
Solo queda aparentar mientras prosiguen los planes de una boda que no deseo.
Salgo del despacho sin haber esbozado ni un garabato, víctima de la pérdida de inspiración.
Ya no soy yo.
Me detengo al ver a Darley salir de su habitación. Al principio no se percata de mi presencia, regalándome segundos que exprimo, admirando la belleza que fue esculpida con fuego.
Viste colores cálidos. Y, sin combinar, un bolso azul: el que deseo que sea su favorito, un regalo mío cuando cumplió veintidós, comprado personalmente.
—Buenos días —sonríe cálida.
Me quedo perdido en ella un instante.
Adoro su cabello de llamas, pero más aún sus ciento cuarenta y cuatro pecas, que hubiera besado una a una si se me hubiera permitido. He fantaseado con que al hacerlo, sus mejillas se encendieran como brasas.
Ella es calor, fuego. Yo, frío, hielo.
Ese es el primer problema. Somos tan opuestos que ni siquiera nos atraemos como imanes, aunque en mi caso no podría estar más atraído.