Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO SESENTA Y CINCO*
**SORAYA AGUILAR**
Niego el presente.
Niego la realidad aunque me la estampen en la cara.
Esto no está pasando.
No puede estar pasando.
Es otra de sus mentiras. En cualquier momento abrirá los ojos.
En cualquier momento.
Enseguida.
Enseguida.
—¡ENSEGUIDAAAAA!
Mis manos se clavan en su pecho, golpeándolo como esta mañana, esperando ver los efectos del dolor, de la rabia, de la vida regresando. Pero esta vez no vuelve... No responde. Esta vez su piel se hunde y se queda hundida, fría, muda.
El pitido agudo atraviesa mis huesos. Quema. Se queda atrapado en las entrañas como un cuchillo caliente, pero lo ignoro. No existe. No quiero que exista.
¡No acepto esa línea recta que parece burlarse de mí!
La puerta estalla. Arturo, Damián, Hugo y Máximo entran como si el infierno los hubiera escupido.
Mi hermano me arranca de encima de él, y siento cómo me quita el alma con ese gesto. El no-médico ya está preparando el desfibrilador, moviéndose como si sus manos fueran las únicas que aún creen.
La escena se convierte en un campo de batalla.
Gritos.
Órdenes.
Lágrimas que no ven nada.
Damián y yo nos quebramos al mismo tiempo, dos animales heridos aullando sobre el mismo cuerpo. Él grita su nombre como si fuera una oración; yo lo grito como si fuera una maldición.
Máximo...
Él es hielo. Un glaciar con grietas invisibles. No llora, no tiembla, no pestañea más de lo necesario. Es el que más ayuda a Arturo, sosteniendo equipos, limpiando sangre, como si mantener las manos ocupadas pudiera impedir la realidad...
Pero no hay respuesta.
No hay temblor.
No hay respiración.
No hay milagro.
—¡MENTIROSOOOOO! —rujo, desgarrándome desde los pulmones, desde la garganta, desde todas las promesas que alguna vez me hizo.