Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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*CAPÍTULO VEINTISIETE*
**DEREK SALVATORE**
*TRES AÑOS ATRÁS*
**DICIEMBRE DE 2020*
Soraya disfruta de un nuevo plato mientras finjo estar concentrado en el monitor. Debería estar trabajando. Obviamente, eso debería hacer, considerando la pila de tareas pendientes que tengo. Sin embargo, solo tengo ojos para verla masticar con los labios cerrados.
Me gusta verla disfrutar de algo tan simple. Su satisfacción es tan placentera que vale la pena dedicar un par de horas al día para aprender y preparar nuevas recetas.
Suena el telefonillo y atiendo, solo para aplazar una vez más la misma reunión que llevo suspendiendo desde hace una semana. Soy el jefe; hago y deshago sin que las cucarachas tengan derecho a reclamar. Que busquen otra puñetera hora. Estoy ocupado.
Sigo contemplando a mi amiga.
—¿Tengo algo en la cara?
Me hago la misma pregunta. Su rostro está impoluto, igual que sus dientes, a pesar de estar comiendo. Sus bocados son tan pequeños, como si fuera un pájaro quien comiera, que no puede mancharse.
—No.
Vuelvo a centrarme en el teclado, aunque sin ser productivo.
Pienso en lo que dijo Máximo. Quedan dos días para Nochebuena y presiento que no la veré en las próximas dos semanas. Es una idea a la que me niego, sobre todo porque estoy acostumbrado a su presencia diaria: mañana y tarde, de lunes a domingo.
Admito que a su padre y a sus compañeros les han surgido horas extras con la excusa de tenerla un poco cada día, aunque es culpa suya. Si usa a su padre para venir, no es mi problema. Igual que no es culpa mía estar a punto de suspender las vacaciones anuales que concedo a mis empleados en esta época. Ya pueden ir olvidándose del veinticinco, el veintiséis y el primero.
—Hoy estás muy productivo, Bambino —se burla desde atrás.
—Tengo la cabeza en otra parte.
—¿En mí? Qué bonito detalle de tu parte.
—No eres el centro de mi universo, pajarraca. Si ya has acabado de comer, lárgate, que aquí eres un puto grano en el ojete.
—Pues me voy —corre a por su mochila y, de nuevo, estoy a punto de ser el imbécil que pierde la oportunidad de invitarla. Es que venga o esclavice a mis trabajadores, alguna de las dos. —Espera.
—Fuiste muy claro. Dices que molesto, y yo no quiero molestar al gran perdedor. Adiós.
Abre la puerta y se la cierro estando detrás, apoyando una mano en la madera mientras se me hace pequeña entre la puerta y yo. Si no fuera porque está como una puta cabra, usaría la palabra frágil para describirla. Claro que, si comparamos nuestros mundos, lo es: frágil y vulnerable.