Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
*CAPÍTULO VEINTIDÓS*
**HUGO DE LEÓN**
¡Argh!
Cierro los puños y presiono las sienes, el agua helada cayendo sobre mí como si cada gota fuera un puñetazo. No calma. No limpia. Solo duele. Pero en ese dolor busco silencio, algo que apague el maldito ruido que me parte la cabeza en dos. Es como tener cristales incrustados en el cerebro, un zumbido insoportable que no cesa. Un disco rayado, jodidamente infinito, que empezó a sonar con la primera dosis y desde entonces nadie ha encontrado el botón de pausa.
Intento entender qué me pasa. Quiero ordenar un pensamiento. Uno. Pero no se puede pensar cuando mi mente es un campo de batalla donde todo grita.
Aguanto. Sobrevivo.
Tengo que cuidarla.
Ya no estoy aquí por Derek. Estoy por Soraya.
Creí en nuestra amistad, en sus palabras, en sus promesas. Lo esperé. Y él huyó. Cobarde de mierda. Abandonó a su amigo. A su mujer. A su familia improvisada.
Y yo... yo fui tan idiota que envidié ese amor de mentira.
Me muerdo el labio hasta hacerme sangre. El ruido baja un uno por ciento. Y ese pequeño alivio vale el precio. Vale la herida.
Necesito esnifar algo. Inyectarlo. Lo que sea. Lo necesito ya. Sé dónde buscar. Y Soraya está fuera, con el imbécil de turno, ese cabrón al que nunca voy a aceptar. No es por celos. Es por principios. Por dignidad. Por ella.
Nunca habrá nadie aceptable.
Antes de salir, tengo que encargarme del perro. El maldito perro guardián que se ha quedado en el sofá como si cuidara un trono. Como si supiera. Como si pudiera detenerme.
Salgo de la ducha con la toalla atada en la cintura, goteando furia y agua helada.
—Alessandro —mi voz es calma. Artificialmente calma. La clase de calma que precede a una ejecución.
Es afortunado. Muy afortunado. Porque si no fuera por esa cara bonita y por el cariño real que Soraya le tiene, su cuerpo estaría ya en el fondo del mar y su cabeza adornando mi colección privada. Un trofeo más.
Se gira al oírme. Se sonroja. Pone esa cara de niño perdido que no le pega con el cuerpo de estatua que tiene. Me resulta patético. Me resulta entrañable. Me resulta irresistible.
Delante de Soraya presume como le enseñé: orgulloso, seguro, mostrando músculo y sonrisa. Pero cuando estamos solos... entonces es otra cosa. Le sale la fragilidad. Le brota el miedo. Y me encanta. Porque es un temerario con miedo a la vida. Teme más estar vivo que morir.