Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
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CAPÍTULO NOVENTA Y CINCO
SORAYA AGUILAR
Despierto antes de que suene la alarma, lo hago por la inquietud de Maso bajo las sábanas y el ligero aleteo de Odas batallando con mi cabello. Duermen con nosotros porque Derek no sabe decir que no. Tampoco permite que lo diga yo. Somos sus tres consentidos. Sin embargo, en los últimos días, cuando despertamos nunca está, y no existe cosa que nos moleste más.
Desperezando el cuerpo se me escapa un bostezo que imitan los hermanos. Doy un beso en la frente de Maso y acaricio la cabeza de Odas con la mejilla, es nuestro ritual diario antes ir en búsqueda del abandonador.
Sujeto a Maso en brazos y Odas se mantiene en mi cabeza mientras que acudimos a la cocina. Siempre está aquí con nuestros desayunos listos, pero hoy ni una migaja nos ha dejado.
Odas expresa nuestra molestia conjunta batiendo las alas.
—Busca a tú padre antes de que lo asesine.
Camino detrás de su vuelo.
Encontramos a nuestro némesis en su despacho hecho desastre. El suelo es adornado por una catifa de papeles desorganizados que no permite ver las láminas de madera, en la mesa hay un sinfín de piedras e instrumentos que no ubico y mi hombre, usando unas gafas estrambóticas, tiene un nivel de concentración tan por las nubes que ni se ha dado cuenta de nuestra entrada. Y eso empeora nuestro humor.
Haré que se trague sus estúpidos papeles.
Al agacharme por un montón para hacer bolas me da curiosidad averiguar qué cosa es más importante que nosotros. Hay varias fotografías del valle Salvatore; distintas localizaciones del bosque, la iglesia de la villa, el río, la mansión principal... Cada lugar es acompañado por una lista de pros y contras. Hay otra de flores; lirios anaranjados, tulipanes naranjas, claveles e hibiscos rojos, dalias bicolores, aves del paraíso, rosas blancas, lavanda, nomeolvides... Son un contraste que recuerdan al fuego y el hielo.
Voy recogiendo el desastre ordenado en mis manos con intención de conocer todos los detalles. Comparto los descubrimientos con Odas y Maso, aunque el tigre muestra una gran falta de interés por el chisme, es comprensible, es un bebé. Pero mamá le enseñará la esencia de la vida a medida que crezca.
—¿Nos casamos o qué? —artículo con seriedad fingida.
Derek sube las gafas y despega la vista de lo que sea que hace regalándome su color a tierra mojada. Sombrío, con la excitación que conoce únicamente quién ha pecado en la oscuridad.
Hace espacio entre el escritorio y él, ofreciendo una invitación que acepto sentándome en su regazo.
—No, permíteme ser un clásico y ser yo quién te lo pida.