*098 - REDENCIÓN*

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*CAPÍTULO NOVENTA Y OCHO*

**SORAYA AGUILAR**


Alessandro tararea una canción con los cascos de Hugo puestos. Está tranquilo, dentro de lo que puede, dedicado a escuchar melodías que le recuerdan a mi hermano mientras acaricia a Boss y Maso.

Desde que recibió el alta, he estado con él. No porque Derek estuviera ocupado con el asunto del imperio ruso —trabajo que concluyó hace apenas veinticuatro horas y que ahora me tiene esperando su regreso—, sino porque es donde quiero estar. Tampoco sé por cuánto tiempo.

Antes de que Derek partiera, tuvimos una conversación tajante: Máximo, él y yo. A su regreso deberán hablar con mi chico, y deberán hacerlo para que entienda que tiene una familia que lo quiere. No he preguntado por el motivo del retraso, pero él lo sabrá. Porque, si no se lo dicen ellos, se lo diré yo. Y, si debo ser yo, no habrá sombra en la que puedan esconderse.

A veces quisiera comprender esa necesidad suya de ocultarlo todo, como si temieran la verdad. Luego, una voz grita desde una jaula dentro de mí: no indagues, omite lo evidente. Como si detenerme en los detalles pudiera hacer que todo desapareciera... que yo misma dejará de recordarlo.

Recordar...

Omitamos eso por ahora.

Un día más, una hora, un minuto, un segundo... eso es lo que grita esa chica atrapada entre barrotes y oscuridad.

Tocan el timbre y voy a abrir. Arturo aparece con una sonrisa cansada. Entre sus estudios de medicina, el proyecto de la cura global y la supervisión de Daniela, apenas le queda tiempo para descansar. Aun así, siempre logra rascar minutos para estar con nosotros, traer comida y tratar de animar el ambiente.

Alessandro baja los cascos al cuello cuando lo saluda. Le entrega las bolsas y él las inspecciona antes de repartir unas galletas. Su entusiasmo por la comida sigue apagado. Come porque sabe que debe hacerlo, porque no hay otra opción, pero, si pudiera elegir, sería como cualquiera que ha perdido el apetito por puro desánimo.

—¿Vemos una peli? —pregunta Arturo.

—Charlie y la fábrica de chocolate —respondo antes de que Alessandro pueda abrir la boca, y él pone un ligero puchero.

—Ya me sé todos los diálogos —se queja Arturo, aun así la prepara.

La película avanza, inundando el salón con los colores imposibles de la fábrica de Willy Wonka. Alessandro se ha acurrucado un poco más en el sofá, con Boss y Maso dormitando a su lado. Arturo, a medio camino entre la distracción y el cansancio, juega con el envoltorio vacío de las galletas.

Entonces, el clic metálico de la cerradura rompe el murmullo constante de la televisión. La puerta se abre con un sonido lento, casi medido, como si quien entra supiera que aquí hay alguien esperando... o vigilando.

TERMINADO | CONTROLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora