Capítulo 8.

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Ethan

Supe que algo iba mal en cuanto Kathi me llamó y se quedó en silencio. Entonces escuché la voz de esos hombres. Gracias a los Dioses que estaba con mi padre y mis tíos, llegamos en menos de diez minutos y entonces la ví.

Cubierta de sangre estaba mi hermana, mi pequeña. Cubierta de la sangre de esos asquerosos pícaros, noté que había matado a dos. Uno tenia la garganta abierta y otro tenía la camisa manchada de sangre que salía del orificio en su pecho. Mi hermana tiene buena puntería.

Adhara estaba temblando con un hombre inconsciente a su lado. Debió darle una patada fuerte para hacerlo caer porque estos asquerosos eran igual de grandes que nosotros.

Mi Kathi tenía un golpe en la frente mientras intentaba quitarse a uno de lo alto.

Anastasia peleaba contra dos que no podían con ella ya que es muy ágil a la hora de moverse.

Fuimos corriendo a por mi hermana y las demás mientras los hombres de mi padre agarraban a los demás. Más tarde jugaremos con ellos, no saben en dónde se han metido estos cabrones.

Mi hermana ahora mismo se está quedando dormida en mis brazos cuando Zack entra y la mira con anhelo, tristeza y también noto que un poco de la tensión que tenía se le ha ido. Estaba como loco cuando les avisé de la llamada y fue el primero en salir corriendo junto a mi padre.

—Tenemos que encargarnos de ellos.

Asiento con la cabeza y dejo a mi hermana con cuidado para que pueda descansar. Tiene un golpe fuerte en su cara y mi abuela ya le ha puesto una de sus tantas cremas para que sane.

Miro a Zack que tiene la mandíbula tensa y los puños cerrados. Me acerco a él dándole un apretón en el hombro.

—Está bien, no le han hecho un daño mayor — asiente a lo que le digo sin apartar la vista de ella —. Vamos a divertirnos con esos bastardos.

Salimos sin hacer ruido y en el salón vemos a mi padre junto a mis tíos.

—Necesitamos saber por qué querían a tu hermana — me advierte mi padre y asiento —. No los mates hasta que hablen.

Mi tío Antón resopla negando con la cabeza.

—Ese niño no tiene paciencia — me mira —. Enserio, deja tu lado sádico un momento y concéntrate en sacarles información.

—Tiene razón, hijo — habló el que no se deja llevar por su instinto —. Primero lo primero, luego puedes hacerles lo que quieras.

Salimos de casa para dirigirnos a las mazmorras donde se encuentran los pícaros. Al entrar veo que están atados por los brazos desde el techo con el cuerpo colgando y por supuesto, las cadenas son de plata para que el dolor no los deje concentrarse en dejar paso a sus lobos.

—¿Quiénes sois y qué habéis venido a buscar? — hablo tranquilo bajo la atenta mirada de mi padre.

Uno de ellos se ríe y escupe al suelo antes de mirarme.

—No eres nadie, pequeño Alfa. Deja de jugar y vete a dormir.

Levanto una ceja y escucho a mi tío Alexander aguantar la risa. No saben nada de mí, he sacado ese lado malo, esa vena sádica que solo palpita con los enemigos. Y hoy han amenazado a mi hermana, a mi pequeña, mi otra mitad. Han hecho que tenga que matar a dos personas cuando ella nunca hizo eso, la han dañado, se han atrevido a golpearla y no se va a quedar así.

—Bien, empecemos por ti — le doy mi mejor sonrisa y me mira con las cejas juntas.

Pongo una silla debajo de él para sentarlo cuando le quito las cadenas con mis manos ya que a mí no me hace daño la plata gracias a mi madre. Lo escucho suspirar de alivio al no sentir las cadenas que le queman. Ingenuo...

SempiternoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora