Comienzo.
Ilay estaba agotado. El peso de las horas deambulando, robando y escondiéndose se reflejaba en su andar lento y su mirada perdida. Deseaba con todas sus fuerzas regresar a casa, meterse bajo las mantas y dejar que el mundo siguiera su curso sin él. Pero sabía que no podía darse ese lujo. No sin dinero. No cuando en su hogar lo esperaba alguien cuya paciencia y tolerancia dependían del contenido de sus bolsillos.
A su lado Inti lo seguía de cerca. El Husky siberiano no era solo su mascota, sino su compañero más leal, el único que nunca lo había abandonado. Inti lo observaba de reojo, como si entendiera perfectamente el peso de los pensamientos de Ilay.
Después de terminar lo poco que quedaba en la bandeja de la cafetería, Ilay se apoyó en el respaldo de la silla, cruzando los brazos con resignación, miro debajo de su silla y vio que Inti sacaba la cabeza para mirarlo.
—Ya sé, amigo... ya sé —murmuró Ilay, acariciando las orejas del Husky—. Tenemos que hacer algo, ¿verdad?
El perro respondió con un ladrido corto, como si lo estuviera regañando. Ilay sonrió con amargura.
—Vamos con La Resistencia.
Inti inclinó la cabeza, y aunque no podía hablar, Ilay siempre sentía que el perro lo entendía mejor que cualquier humano.
La Resistencia era un grupo de lobos jóvenes, no muy distintos a él. Rondaban la misma edad y compartían una vida marcada por la necesidad, el peligro y, a menudo, la desesperación. A diferencia de Ilay, ellos habían aceptado ese estilo de vida con orgullo, llamándose así para desafiar al mundo que parecía estar en su contra.
Se levantó, ajustando su mochila al hombro, paso sus manos por su ropa sacudiéndose como si estuviera preparándose para una misión.
Ilay miró a Inti, y el Husky le devolvió la mirada con una confianza inquebrantable. El vínculo entre ambos era innegable, y en ese instante, Ilay supo que no estaba solo..
El Husky le ladró suavemente, caminando a su lado con pasos sincronizados, como si fuera su sombra.
Mientras avanzaban por el callejón principal, el edificio abandonado que servía de base para La Resistencia apareció frente a ellos. Las ventanas rotas y los grafitis en las paredes parecían gritar advertencias, pero Ilay estaba decidido. Inti, siempre alerta, se adelantó un par de pasos, olfateando el aire en busca de algo que pudiera representar peligro.
Al cruzar el umbral, las risas y charlas dentro del lugar cesaron de inmediato. Todos se giraron para mirarlos: Ilay, con su semblante serio y algo desafiante que no daba ni una pisca de miedo, e Inti, con la cola alta y los ojos brillando con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¡Miren quién decidió volver! —exclamó un chico de cabello desordenado y cicatrices visibles en los brazos. Su sonrisa burlona contrastaba con la mirada calculadora—. El pequeño aprendiz... y su perro.
Inti gruñó bajo, como si entendiera el tono burlón. Ilay, en cambio, no se dejó intimidar.
—Vengo por algo más que lecciones —dijo, alzando la barbilla para ocultar su inseguridad—. Tengo un plan.
Las risas se detuvieron, y por un momento, el aire pareció cargarse de expectativa.
—Esto será interesante —dijo otro, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados—. Habla, Ilay. Sorpréndenos.
Ilay miró a Inti, y el Husky le devolvió la mirada con una confianza inquebrantable. El vínculo entre ambos era innegable, y en ese instante, Ilay supo que no estaba solo.
Cuando Ilay intentó robar por primera vez, no supo hacerlo bien, y mucho menos escoger a las personas adecuadas. Terminó metiéndose con un grupo de adolescentes que, lejos de perdonarle por ser mucho más joven, le dieron una buena paliza. No les importó en absoluto que fuera menor que ellos. Fue en ese momento cuando un grupo de jóvenes le ofrecieron unirse a ellos, asegurándole que le enseñarían a robar a cambio de unirse al grupo, ya que necesitaban a alguien más joven para realizar ciertos robos en lugares específicos.
Cuando Ilay llegó a casa, la primera persona que lo vio fue su tía Bárbara, quien, al verlo en ese estado, reaccionó de inmediato con un regaño. No le importaba que estuviera herido o asustado, lo único que le preocupaba era la forma en que lo había encontrado. Lo acusó de ser un tonto por andar en la calle de esa manera, sin pensar en las consecuencias. A Bárbara no le interesaba lo que había pasado con Ilay, ni que lo hubieran golpeado, lo que realmente le preocupaba era que alguien hubiera sido testigo de su condición y que pudieran acusarlos de maltratarlo. Si eso sucedía, el Instituto de Menores podría intervenir y llevarse a Ilay. Para ella, eso significaba mucho más que perder a su sobrino; significaba perder la única fuente de ingresos que tenía.
El gobierno le pagaba una asignación por tener a Ilay bajo su cuidado, y si el niño era llevado por las autoridades, esa ayuda económica desaparecería. Bárbara temía que su vida, ya de por sí miserable, se complicara aún más si eso ocurría. Así que, en lugar de mostrar empatía o compasión por el dolor y la tristeza de Ilay, su prioridad era asegurarse de que nadie pudiera vincularla con el daño que le habían hecho a su sobrino.
Después de que su tía lo regañara lo suficiente, John se acercó a Ilay, casi en silencio, y le susurró pidiéndole el dinero. Quería asegurarse de que su tía no se enterara de que él lo había obligado a robar. Ilay, con la cabeza agachada, negó levemente, intentando decir que no tenía nada. John lo comprendió al instante, pero no tardó en cambiar su tono y amenazarlo, diciendo que no lo dejaría entrar a la casa si no le traía el dinero que había robado. Ilay, aún pequeño y temeroso, sabía que no podía enfrentarse a ellos. A pesar de que jamás le habían levantado la mano, Ilay sentía que sus amenazas eran mucho más aterradoras. Aunque no recurrían a la violencia física, su actitud era cruel y manipuladora, él en ese momento solo era un pequeño de seis años mucho no podía hacer.
Solo se contenían por el temor de que alguien pudiera sospechar de su trato hacia él, especialmente en la escuela, donde las autoridades podrían tomar cartas en el asunto. Después de escuchar las palabras de John, Ilay no dijo nada, solo asintió, sin atreverse a levantar la mirada. Sus ojos seguían fijos en el suelo, incapaz de enfrentar a los adultos que lo controlaban, como siempre había hecho, los años pasaron y nada eso había cambiado hasta ahora.
Hubo un silencio momentáneo mientras los chicos de la Resistencia procesaban lo que Ilay acababa de decir. Algunos intercambiaron miradas, como si estuvieran evaluando la propuesta, mientras otros parecían considerar la idea con escepticismo. Finalmente, uno de ellos dio un paso adelante, un chico de cabello oscuro y ojos penetrantes que siempre parecía ser el líder del grupo un alfa.
"Espero que les guste, creo que es bastante largo pero me gusta, nos vemos mañana con otro cap".
ESTÁS LEYENDO
Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
