Capítulo 54

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"Así sera"

Mientras los hombres de Eros trabajaban sin descanso, rastreando cada pista y siguiendo el rastro de la camioneta negra, los mafiosos ya habían limpiado el lugar donde habían retenido a Ilay. Cada objeto que pudiera incriminarlos fue quemado o eliminado, y las huellas fueron cuidadosamente borradas. No dejarían rastro alguno.

En medio del caos calculado, arrastraron el cuerpo inerte de John, aún inconsciente tras la brutal golpiza que había recibido. Lo metieron a empujones en la parte trasera de la camioneta y arrancaron a toda velocidad hacia la casa abandonada donde Ilay seguía prisionero.

El silencio de la noche fue interrumpido por el chirrido de las llantas al detenerse frente a la destartalada vivienda.

Adentro, Ilay estaba a punto de quedarse dormido, agotado y hambriento, cuando el sonido del motor lo hizo abrir los ojos de golpe.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿I-Inti...? —susurró, su voz quebrada por el miedo.

El pequeño cachorro, como si sintiera el peligro, también se tensó. Gruñó suavemente, manteniéndose pegado a Ilay, con las orejas erguidas y alerta.

El niño abrazó aún más fuerte a Inti, como si eso pudiera protegerlos a ambos.

Afuera, se escucharon pasos pesados, el crujir de las hojas secas bajo las botas de los hombres. El sonido de una puerta oxidada al abrirse resonó en la casa, y un fuerte golpe hizo que Ilay contuviera la respiración.

—¡No hagas ruido, Inti... por favor...! —susurró entre dientes, con los ojos empañados.

Desde su rincón oscuro, apenas pudo ver cómo los hombres entraban arrastrando a alguien.

El cuerpo de John fue arrojado sin cuidado sobre una vieja silla de madera en la sala destartalada.

Uno de los hombres, impaciente, agarró un balde de agua fría y lo vació sobre la cabeza de John.

—¡Despierta, idiota! —gruñó el hombre.

John jadeó al sentir el agua helada y abrió los ojos de golpe, aturdido y temblando.

—¿Q-qué... dónde...? —balbuceó, mirando a su alrededor con confusión.

Sus ojos recorrieron el lugar.

—Despertaste, por fin —gruñó uno de ellos—. Ahora que estás consciente, vamos a dejar las cosas claras, John.

John tragó saliva, su mente aún aturdida tratando de asimilar lo que sucedía. Sabía que estaba en un problema mucho más grande de lo que había imaginado.

Uno de los hombres arrastró una silla vieja, el chirrido contra el suelo polvoriento resonó en la habitación. Se sentó con calma frente a Jonh, quien seguía aturdido, con las manos atadas y la boca cubierta con un trapo sucio.

—Mira, Jonh —dijo el hombre, con una sonrisa torcida—, vamos a hacer esto: grabaremos un video donde admitirás haber secuestrado al niño. Y para que no parezca sospechoso, pedirás una recompensa.

El silencio pesado de la sala solo era interrumpido por la respiración agitada de Jonh.

—Aunque... pensándolo bien... —el hombre golpeó suavemente la mesa con los dedos, fingiendo estar pensando—, también podríamos dejar que ellos te encuentren aquí. Pero, claro, si te soltamos, saldrás corriendo como una rata, y eso arruinaría todo.

Jonh negaba con el cabeza una y otra vez, desesperado, sus ojos rogaban por piedad.

—Así que, ¿qué dices? Un plan más sencillo, imposible.

Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora