Capitulo 26

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"Veneno y amargura"

En otra parte de la ciudad, en una casa desordenada y con un fuerte olor a alcohol rancio, John caminaba de un lado a otro del pequeño salón, murmurando y maldiciendo entre dientes. Sus pasos eran pesados, y su impaciencia parecía llenar el aire como una nube densa.

—¿Dónde está esa maldita rata? —gruñó, pasando una mano por su cabello desaliñado—. ¡Ya debería haber vuelto!

Había pasado horas desde su última cerveza, y la falta de alcohol comenzaba a ponerlo aún más irritable. Echó un vistazo al reloj de pared, golpeándolo con la mano cuando notó que estaba atrasado.

—¿Siempre tengo que esperar? ¡Por eso no se puede confiar en ese mocoso inútil!

John buscó en sus bolsillos, sacando algunas monedas que apenas sumaban para un cigarro, y volvió a tirarlas sobre la mesa. Sabía que Ilay siempre volvía con algo, ya fuera comida, dinero o cualquier cosa que pudiera usar para satisfacer sus vicios.

Se acercó al sofá donde había dejado una botella vacía, mirándola con frustración antes de lanzarla al suelo, donde ya había otras más.

—Hoy vienen los muchachos —se dijo, como si justificara su creciente enojo—. Necesito cervezas y cigarros, y ese mocoso lo sabe.

Su ansiedad crecía con cada minuto que pasaba, y aunque trataba de convencerse de que Ilay aparecería como siempre, una parte de él comenzaba a impacientarse. No le importaba dónde había estado el niño ni qué había tenido que hacer para conseguir dinero, siempre y cuando cumpliera con su "responsabilidad".

Pero esta vez, Ilay no iba a volver tan fácilmente.

Después de una hora, los amigos de John comenzaron a llegar a la casa, uno tras otro, cargando consigo el bullicio de la noche y el olor inconfundible del tabaco y la cerveza. Apenas cruzaron la puerta, uno de ellos, un hombre robusto con la camisa arrugada y la corbata mal puesta, lanzó una carcajada mientras señalaba a John.

—¿Y dónde están las cervezas, John? Dijiste que ibas a tener todo listo, ¿o no?

John, con una sonrisa forzada y los ojos llenos de frustración, se encogió de hombros.

—¿Qué puedo decir? La inútil de mi novia y su maldito sobrino no tienen ni para eso. ¡Ni para algo tan simple sirven!

La habitación estalló en risas.

—¿Entonces qué, John? —intervino otro, un hombre de cabello canoso que ya llevaba un cigarro colgando de los labios—. ¿Nos trajiste hasta aquí para quedarnos con la garganta seca?

Antes de que John pudiera responder, uno de los hombres, más joven y con aspecto despreocupado, levantó la mano con un gesto tranquilo.

—Tranquilos, muchachos. A mí me pagaron hoy, así que invito.

El grupo estalló en vítores, palmeando al hombre en la espalda mientras se organizaban para ir a buscar más cerveza. John, aliviado de que alguien cubriera el problema, se dejó caer en el sofá y encendió un cigarro, viendo cómo la noche se iba encarrilando como siempre lo hacía: entre risas, humo y botellas vacías.

Una hora después, el grupo estaba sumido en su jolgorio, las botellas alineadas en la mesa y los hombres hablando más alto de lo necesario. La casa, ya de por sí desordenada, parecía un completo caos, con colillas de cigarro por el suelo y el olor a alcohol impregnando cada rincón.

De repente, la puerta de la entrada se abrió de golpe. Todos giraron la cabeza al unísono, y el bullicio se detuvo por un momento cuando Bárbara, la tía de Ilay, entró.

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —espetó, cruzando los brazos mientras miraba el desastre frente a ella.

John, visiblemente afectado por el alcohol, se levantó tambaleándose y la señaló con una sonrisa burlona.

—¡Mira quién llegó! La reina de la casa. ¿Vienes a unirte a la fiesta o a amargarnos la noche?

Los amigos de John soltaron risas contenidas, mientras Bárbara lo fulminaba con la mirada.

Los amigos de John soltaron risas contenidas, mientras Bárbara lo fulminaba con la mirada.

Bárbara cerró la puerta con un golpe seco detrás de ella, dejando caer su bolso sobre una silla mientras observaba con desagrado la escena frente a sus ojos. La casa era un desastre: botellas vacías, colillas de cigarro esparcidas por el suelo y los amigos de John riendo a carcajadas, ajenos a su presencia.

—¡John! —gritó con voz autoritaria, cruzando los brazos y fulminándolo con la mirada—. Te dije que no trajeras a tus amigos a beber entre semana. ¡Mira este lugar, parece un basurero!

—Relájate, mujer. Es solo un par de amigos divirtiéndose un rato. No es para tanto.

Bárbara frunció el ceño, ignorando su comentario, y comenzó a recoger algunos papeles y botellas del suelo con fastidio. Su mirada recorrió la sala hasta que, de repente, algo la hizo detenerse.

—¿Y el niño? —preguntó, girándose hacia John con una expresión que mezclaba molestia y curiosidad—. No lo he visto en dos días. ¿Dónde está?

John se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, mientras daba otro sorbo a su cerveza.

—¿Qué sé yo? —respondió con un tono despreocupado—. Seguro anda por ahí en la calle, o tal vez en su habitación.

Bárbara lo observó fijamente, como intentando leer entre líneas.

—¿En la calle? —repitió con incredulidad—.Si la policía ve al niño en la calle a esta hora, quien tendrá problemas.

John desvió la mirada, claramente incómodo con el rumbo de la conversación.

—No sé qué tanto te importa —dijo, encendiendo un cigarro y evitando hacer contacto visual—. El mocoso siempre encuentra cómo arreglárselas.

—¡Si me quitan al niño, chau dinero! ¿Entiendes? ¿O te lo tengo que explicar más despacio? —gritó Bárbara, su voz llena de frustración y enojo mientras golpeaba la mesa con fuerza.

John la miró con una mezcla de irritación y aburrimiento, llevándose el cigarro a los labios.

—Tranquila, mujer. No es para tanto...

—¡Claro que lo es! —lo interrumpió ella, fulminándolo con la mirada—. Hasta que el niño cumpla la mayoría de edad, ese dinero de la herencia que dejó su madre tiene que ser nuestro. ¿O qué? ¿Vas a empezar a trabajar de verdad para mantenernos?

John resopló, dejando escapar una risa sarcástica, pero no respondió.

—Después —continuó Bárbara, ignorando su actitud—, ya lo abandonaremos, que se las arregle solo. Pero por ahora, ese niño tiene que estar aquí. Si alguien sospecha y nos lo quitan, ¡adiós a todo!

Se inclinó hacia él, con el rostro tenso y los ojos encendidos de ira.

—Así que, más te vale que ese niño esté aquí mañana a primera hora. No me importa cómo lo hagas, pero lo quiero en esta casa.

John hizo una mueca, molesto por la presión, pero asintió de mala gana.

—Está bien, está bien. Lo traeré de vuelta.

Bárbara lo observó por un momento más, como evaluando si podía confiar en su palabra, antes de darse la vuelta y salir de la habitación con pasos firmes.

John apagó el cigarro en un cenicero y lanzó un suspiro pesado.

—Mujer insoportable... —murmuró para sí mismo, aunque sabía que, por mucho que se quejara, terminaría obedeciéndola. Esa herencia era demasiado buena para dejarla escapar.

[...]

Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora