"Consecuencias de una estupidez"
La habitación era un agujero frío y desolado
Las paredes, cubiertas de humedad, estaban tan desgastadas que parecían a punto de desmoronarse con el más mínimo golpe. El aire olía a moho, a encierro y abandono. En un rincón, una vieja silla de madera yacía volcada, con una de sus patas rota, como si alguien la hubiera arrojado sin cuidado.
En medio de ese lúgubre lugar, un pequeño niño dormía en el suelo frio.
Ilay estaba acurrucado en el suelo, con las manos y los pies atados con una cuerda áspera que le había dejado marcas rojas en la piel. Su respiración era tranquila, aunque su cuerpo temblaba levemente por el frío penetrante. A pesar de todo, tenía algo de suerte: no le habían vendado ni los ojos ni la boca, quizás porque sus captores lo habían considerado inofensivo... solo un niño más.
A unos pasos de él, su fiel compañero, Inti, también dormía, acurrucado cerca de su amigo. El pequeño cachorro husky no estaba atado. Los hombres, subestimándolo por su tamaño y juventud, no lo habían visto como una amenaza.
Qué error más grande.
El silencio de la habitación solo era interrumpido por los tenues sonidos provenientes del otro lado de una puerta desgastada de color marrón. La madera vieja crujía con cada movimiento, como si fuera a caerse de las bisagras en cualquier momento.
Detrás de esa puerta, se escuchaban voces.
Hombres hablando entre sí, sus voces roncas y despreocupadas, como si secuestrar a un niño fuera algo tan común para ellos como respirar. Reían de vez en cuando, intercambiando comentarios groseros y fumando sin parar, el sonido de los encendedores rompiendo la monotonía del lugar.
Ilay, aún en su sueño, frunció el ceño suavemente. Un leve murmullo escapó de sus labios mientras su mente vagaba entre la inconsciencia y la realidad.
El peligro estaba cerca. Muy cerca.
Y ninguno de ellos imaginaba lo que estaba a punto de desatarse.
John avanzaba apresurado, casi trotando por las aceras desgastadas de la ciudad. Empujaba a las personas que se interponían en su camino sin siquiera molestarse en disculparse.
—¡Oye, fíjate! —le gritó un hombre tras recibir un empujón.
—¡Qué grosero! —susurró una mujer mayor, mirándolo con desaprobación.
Pero a John no le importaba. Ni los insultos ni las miradas curiosas de los transeúntes lo detenían.
El miedo lo guiaba.
Con pasos rápidos y torpes, dobló en un callejón oscuro y húmedo, donde los edificios viejos y agrietados parecían a punto de derrumbarse. El hedor a basura acumulada y humedad le hizo arrugar la nariz, pero no desaceleró.
Finalmente, llegó a una puerta de metal despintada, oxidada, con restos de pintura que alguna vez fue roja. Tenía abolladuras por todos lados, como si hubieran golpeado su superficie más de una vez.
John tragó saliva y tocó dos veces.
El sonido retumbó por el estrecho pasillo.
No pasaron ni dos minutos cuando la puerta se abrió con un chirrido. Detrás de ella, apareció un hombre grande, de rostro endurecido y ojos oscuros como el carbón. Ni siquiera dijo una palabra; solo hizo un leve gesto con la cabeza, indicando que John debía entrar.
John obedeció.
Sus piernas temblaban con cada paso mientras cruzaba el umbral y se adentraba en lo que parecía un bar clandestino. El lugar estaba mal iluminado, con luces amarillentas parpadeando en el techo, y el olor a alcohol barato y cigarro impregnaba el aire. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y manchas de humedad.
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
