Tengo hambre.
Ilay subió a su cuarto con pasos rápidos y sigilosos. Al entrar, cerró la puerta con cuidado, dejando escapar un leve suspiro. Sabía que salir de casa sin llamar la atención era crucial, especialmente con su rostro lleno de golpes. No quería preguntas, ni miradas de lástima, ni peor aún, la indiferencia de los demás.
Abrió su armario y sacó la ropa más grande y holgada que tenía. Eligió una sudadera negra con capucha, lo suficientemente grande como para cubrir su cabeza y, con suerte, ocultar los moretones en su rostro. Se puso los pantalones rápidamente, asegurándose de que también fueran cómodos para moverse sin problemas.
Antes de salir, agarró su mochila y revisó que estuviera vacía para dejar espacio. Dentro de ella colocó con cuidado su cuaderno de dibujos, aquel en el que plasmaba sus sueños y emociones, lo único que le daba un respiro de su realidad. Luego, se acercó a la cama donde Inti seguía dormido, su pequeño cuerpo acurrucado entre las mantas.
—Vamos, pequeño, es hora de irnos —susurró con ternura, mientras lo levantaba suavemente. Inti abrió un ojo, bostezó y, sin protestar, dejó que lo colocaran dentro de la mochila. Ilay dejó un espacio abierto para que pudiera respirar y asomar la cabeza si quería. A pesar de la difícil situación, siempre le daba prioridad al bienestar de su amigo.
Con la mochila al hombro, salió de su habitación, bajando las escaleras en completo silencio. John seguía en el sofá, roncando como un oso, y Bárbara no daba señales de haberse levantado aún. Ilay aprovechó la oportunidad y salió por la puerta principal antes de que alguien pudiera detenerlo.
El aire frío de la mañana le dio en la cara, haciéndolo estremecerse un poco. Se ajustó la capucha y comenzó a caminar hacia la escuela. Había decidido que ese sería su plan para el día: llegar temprano, entrar en la cafetería y buscar algo para comer. Tal vez incluso podría conseguir algo para Inti.
Al llegar, se dio cuenta de que algo no estaba bien. Había un cartel en la puerta de la cafetería que decía: "Cerrado por mantenimiento. Recuerda traer tu almuerzo de casa." Ilay sintió cómo un peso se le hundía en el pecho. No había traído nada, y ahora no tenía idea de cómo conseguir comida. Observó a los demás niños llegar, todos con sus loncheras llenas, algunos compartiendo entre ellos mientras se sentaban en el patio.
Su estómago gruñó fuerte, recordándole que tenía hambre. Miró hacia la mochila y pensó en Inti. Él también necesitaría algo para comer, y ahora no tenía más opción que improvisar otra vez.
Mientras el resto de los niños conversaba animadamente, Ilay se quedó en un rincón del patio, observando y pensando en su próximo movimiento. Tenía que encontrar una solución, y rápido. Tal vez alguien olvidaría su almuerzo o podría conseguir un intercambio con otro niño, pero sabía que dependería de su ingenio para salir adelante ese día.
Las clases finalmente terminaron, y con el sonido de la campana, Ilay se levantó de su asiento lentamente, cargando su mochila como si llevara todo el peso del mundo. No había probado bocado en todo el día, y su estómago rugía con tal intensidad que sentía que hasta los demás podían escucharlo.
Durante el recreo, había sacado el pedazo de pan seco que llevaba y, aunque él también lo necesitaba, se lo había dado a Inti. No soportaba la idea de que su pequeño amigo pasara hambre.
Ya habían pasado tres días sin comer algo decente, y cada hora se hacía más difícil. Ilay sabía que eso no era normal, que un cuerpo humano no podía resistir tanto tiempo sin alimento, pero no tenía opción. "Solo un día más", se decía a sí mismo, aunque sabía que era una mentira.
No había un plan concreto para mejorar su situación, solo la voluntad de seguir adelante, aunque fuera tambaleándose.
Durante las clases, mantuvo la cabeza agachada, los ojos fijos en su escritorio. No respondió preguntas ni levantó la mano, como si tratara de hacerse invisible. Por suerte, ninguno de los profesores se molestó en llamarlo. Aunque algunos notaron que Ilay estaba más callado y retraído de lo habitual, prefirieron ignorarlo. Era más fácil mirar hacia otro lado que lidiar con la complejidad de su situación.
Los compañeros tampoco dijeron nada. Ilay nunca había sido cercano a nadie, y su presencia en el aula era tan discreta que casi pasaba desapercibido. Él lo prefería así. Tener amigos significaba exponerse, abrirse, y él no estaba dispuesto a hacerlo. Era mejor estar solo, aunque eso significara cargar con todo el peso de su vida en silencio.
Cuando finalmente salió de la escuela, el aire frío de la tarde le golpeó el rostro. Se ajustó la capucha de la sudadera, ocultando aún más su rostro magullado. Inti asomó la cabeza desde la mochila, mirándolo con ojos llenos de inocencia, sin comprender la gravedad de la situación.
Ilay se dirigió a la parada de autobús, arrastrando los pies. Sabía que no tenía dinero para pagar el pasaje, pero tal vez podría colarse o caminar una parte del camino si lo echaban. Miró a los otros niños que esperaban contentos a sus papas, algunos con loncheras aún llenas o bolsitas de comida. Su estómago gruñó de nuevo, pero se obligó a mirar hacia otro lado.
"Un día más", se repitió, intentando convencerse de que podría soportarlo. Sin embargo, el cansancio comenzaba a ganarle, tanto física como emocionalmente. Todo parecía un círculo interminable, y aunque su mente trataba de pensar en soluciones, no encontraba ninguna que no implicara más problemas. Solo quería llegar a casa, encerrarse en su cuarto y dormir, aunque el hambre no lo dejaría en paz.
Se sentó en el borde de la acera junto a la parada, con la mochila entre las piernas, abrazándola como si fuera un escudo contra el mundo. Inti le dio un leve lametazo en la mano, como si intentara animarlo. Ilay le dedicó una sonrisa débil, aunque por dentro sentía que todo a su alrededor se estaba dando vueltas, su mano empezaba a temblar y eso no era por el miedo o por frio, tenía mucha hambre y muchas ganas de llorar.
Ilay esperó hasta que el autobús se llenó de gente. Aprovechó el caos del momento para deslizarse al interior sin ser visto. Con su pequeña estatura y la agilidad de un niño acostumbrado a pasar desapercibido, se escabulló como una sombra, encogiéndose entre los asientos mientras el conductor se concentraba en atender a los pasajeros que pagaban.
Su corazón latía rápido, pero no era la primera vez que lo hacía. Sabía que, si no lo descubrían, el autobús lo llevaría directamente al centro de la ciudad, un lugar lleno de oportunidades... y riesgos.
[........]
Nos vemos en el siguiente cap :)
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
