"Si tu te vas hay pierdo el sentido"
Y así, los días fueron pasando lentamente, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para permitir que Ilay sanara a su propio ritmo. Su cuerpo, aunque frágil, respondió bien al tratamiento: la hidratación, el descanso, las vitaminas... pero lo que más preocupaba a los médicos —y especialmente a Arián y Eros— no era lo físico, sino lo emocional.
Ilay había sufrido un trauma profundo.
Aunque sus heridas se iban desvaneciendo con el tiempo, lo que no se borraba era el miedo en sus ojos cada vez que sentía que Arián se alejaba. Esa primera vez fue un golpe duro para todos.
Arián había querido salir un momento para hablar con una enfermera y preguntar si ya podían traerle algo de comida a Ilay. Estaba convencido de que su pequeño debía tener hambre, aunque él no hubiera dicho nada aún. Pero apenas hizo el intento de moverse hacia la puerta, sintió cómo unas manitas se aferraban a su suéter con desesperación.
—No... no, no te vayas... —susurró Ilay con voz temblorosa, y en un segundo, estalló en llanto.
El corazón de Arián se detuvo por un instante.
Eros, que estaba sentado en el sillón junto a la camilla, se levantó de inmediato, alarmado. El llanto repentino de Ilay lo había hecho pensar que algo grave ocurría. Ya iba a presionar el botón para llamar al médico cuando vio que el niño no se quejaba de dolor, sino que simplemente... lloraba. Lloraba mientras sus ojitos, llenos de angustia, se clavaban en Arián como si tuviera miedo de perderlo.
Fue entonces cuando lo entendieron.
No era hambre. No era fiebre. No era dolor físico. Era miedo. Un miedo tan profundo, tan enraizado en su pequeño corazón, que el simple hecho de ver a Arián moverse en dirección contraria era suficiente para que entrara en pánico.
—Shh... mi vida, shh... estoy aquí, no me voy a ir —susurró Arián mientras volvía rápidamente a la cama y lo envolvía en sus brazos—. No te voy a dejar, Ilay... nunca más.
Ilay se aferró a él con todas sus fuerzas, enterrando su carita en su cuello, respirando su olor, buscando el consuelo que solo él le daba.
Eros se acercó también, acariciando con ternura la cabeza de su pequeño. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo: dolor, rabia, ternura, y un amor tan inmenso que lo abrumaba.
Desde ese momento, Arián decidió no alejarse ni un solo segundo. No importaba si tenía que comer sentado en la camilla, si tenía que dormir con Ilay entre sus brazos, si no podía salir de la habitación. Si eso era lo que Ilay necesitaba para sentirse seguro, entonces eso haría.
Y Eros, siempre atento, se encargó de todo lo demás. Se aseguró de que la habitación estuviera abastecida con lo necesario, que Arián tuviera ropa limpia, que Ilay recibiera comida caliente a su gusto y los mejores cuidados posibles. Y si alguna enfermera o doctor necesitaba entrar, solo lo hacían bajo la mirada aprobatoria de él.
Ilay no soltaba a Arián. Dormía sobre su pecho, comía a su lado, y cuando abría los ojos, lo primero que hacía era asegurarse de que seguía allí. Y Arián, fiel a su promesa, nunca se movió. Nunca lo dejó solo.
El proceso de sanar apenas comenzaba, pero una cosa era segura: mientras Ilay tuviera a sus padres con él, especialmente a Arián, su mundo roto comenzaría a reconstruirse. Porque el amor, cuando es verdadero, puede ser la medicina más poderosa de todas.
Y así, por fin llegó el esperado día del alta médica. Ilay estaba sentado en la camilla con las piernas cruzadas en forma de indio, sosteniendo con ambas manos un yogur con cereal de chocolate —su favorito— mientras veía un capítulo de Bob Esponja en la pequeña televisión colgada en la pared. Estaba tan concentrado en las travesuras de Bob y Patricio que ni siquiera se dio cuenta de que Arián y Eros ya estaban guardando sus cosas.
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Vuelvo a Casa.
Manusia SerigalaHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
