"El poder mismo"
Eros se levantó de su silla con una calma forzada. Cada músculo de su cuerpo ardía por la necesidad de actuar, de destruir, de vengar... pero también sabía que no podía dejarse llevar por la oscuridad, no ahora. Caminó hasta el bar de su oficina, abrió la vitrina de cristal y extendió la mano hacia la botella más fuerte que poseía, ese licor antiguo que solo tocaba en momentos de absoluta desesperación o rabia.
Pero su mano se detuvo en el aire.
Cerró los ojos un segundo, respiró profundo y recordó algo esencial: abajo lo esperaba su familia. Ilay aún estaba frágil, emocional y físicamente. Arián se estaba esforzando por mantener la calma y sostener a todos con su ternura, su fuerza interior. Eros no podía permitirse regresar oliendo a alcohol. No cuando su hijo lo necesitaba lúcido, fuerte y presente.
Con firmeza, bajó la mano, cerró la vitrina y se giró.
Salió de la oficina. Su caminar era silencioso, pero cada paso resonaba como el eco de una promesa: haría pagar a todos los responsables. Uno por uno.
Bajó las escaleras. Llevaba treinta minutos fuera. Demasiado tiempo sin escuchar ni una risa, ni un sonido del piso de abajo. Le preocupó el silencio, así que aceleró el paso. Giró por el pasillo hacia la sala...
Y ahí, se detuvo en seco.
La escena frente a él lo dejó sin palabras, inmóvil como una estatua.
La sala estaba bañada en una cálida y suave luz dorada, y el aire olía intensamente a las feromonas de Arián, dulces, tranquilas, como una brisa que arrullaba el alma. Era un aroma envolvente, protector.
Arián estaba sentado en el gran sofá, con Ilay en sus brazos. El niño dormía profundamente, recostado como un bebé, su carita pegada al pecho de Arián, exactamente en la curva de su axila. Llevaba puestas unas medias azules con dibujos de ballenas que apenas cubrían sus pequeños pies, y su respiración era pausada, por fin en paz.
Arián no apartaba los ojos de él. Con una mano acariciaba su cabecita con infinita ternura, cuidando hasta sus sueños. Sus ojos —cambiados de color por la intensidad de sus emociones— brillaban con ese amor puro que solo un verdadero padre podía ofrecer.
A su lado, como un guardián fiel, Inti dormía también, con la cabeza apoyada sobre las piernitas de Ilay, protegiéndolo incluso en el sueño.
Y entonces, Arián lo miró.
Le dedicó una sonrisa pequeña, pero llena de luz. Una sonrisa que desarmó por completo la oscuridad que Eros cargaba desde que leyó aquel informe. No le dijo nada, pero no hacía falta. En esa mirada, en esa escena tan pura, tan llena de amor, Eros encontró su centro otra vez.
Se prometió ahí mismo, con el alma encendida:
Los protegeré. A los tres. Con mi vida. Con todo lo que soy.
Porque ellos eran su hogar.
Su luz.
Su familia.
Eros no entró.
No quiso romper esa paz sagrada. No cuando esa escena era lo más cercano al paraíso que jamás había visto. Ilay dormido seguro, Arián rodeándolo con amor, e Inti como su fiel centinela. Era demasiado perfecto, demasiado frágil para que su energía oscura lo contaminara.
Así que, sin hacer ruido, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta trasera de la mansión. El aire de la noche estaba fresco, pero no más que su expresión. Su semblante se endureció apenas cruzó el umbral. Ya no era el padre amoroso, era Eros Oriol Blackfux, el CEO temido, el vampiro puro, el hombre más poderoso de su mundo... y ahora, un padre herido.
Un auto negro, elegante y blindado, se detuvo justo frente a él. El conductor no necesitó que le dieran órdenes; ya sabía cuál era el destino.
Eros subió con una agilidad felina, sus movimientos rápidos, controlados. Una vez dentro, no miró al chofer. Solo giró la cabeza para ver su hogar a través del cristal, como si sellara en su mente la imagen de su familia protegida, amada y a salvo. Luego, sin decir una palabra, el auto arrancó, acelerando como un lobo en caza hacia el lugar donde todo sería saldado.
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
