"Pequeñas pistas"
Al otro lado de la ciudad en una casa pequeña y vieja, John estaba muy nervioso. Las manos le temblaban mientras releía el mensaje que acababa de recibir: habían encontrado a Ilay y exigían que llevara el dinero si quería recuperarlo.
Su mente era un caos. Había pasado días buscando desesperadamente una forma de reunir la suma que les debía a esos hombres, planeando, prometiéndose a sí mismo que encontraría una salida antes de que las cosas se salieran de control. Pero lo que no esperaba era que eso hombres actuara con tanta rapidez. Pensaba que tendría más tiempo... mucho más tiempo.
Ahora, atrapado en su propio torbellino de ansiedad, John caminaba de un lado a otro en el pequeño y desordenado apartamento. Sus dedos amarillentos por el tabaco se acercaban a su boca una y otra vez, mordiéndose las uñas hasta dejarlas al ras.
El reloj colgado en la pared marcaba cada segundo como un martilleo en su cabeza.
Miró por la ventana, esperando —o temiendo— ver alguna señal de esos hombres. Sabía que no eran del tipo que hacía promesas vacías. Si no conseguía el dinero, no el estaría en grandes problemas.
Con el corazón martillándole el pecho, John apretó el teléfono en su mano, preguntándose si esta vez, finalmente, había llegado demasiado lejos.
A John no le importaba en lo más mínimo Ilay. Nunca lo había hecho. El único motivo por el que se había molestado en buscarlo era porque Bárbara se lo había advertido con su tono frío y cortante: si ese niño no aparecía, lo echaría de la casa y, lo peor de todo, dejarían de recibir el dinero del gobierno.
Eso sí le preocupaba.
John siempre había sido así, haciendo las cosas sin pensarlo demasiado, actuando por impulso y buscando la salida más fácil, aunque esta solo lo hundiera más.
Después de varios minutos de dar vueltas por la habitación, con las manos temblorosas y la mente atrapada entre el miedo y la frustración, una idea se encendió en su cabeza como un relámpago. De pronto, recordó algo...
Una vez, hace semanas, cuando salía del baño envuelto en una toalla, vio a Bárbara hacer algo extraño. Creyendo que nadie la observaba, ella había abierto el enorme armario de su habitación y, con movimientos torpes pero apurados, escondió algo detrás de él.
John frunció el ceño. ¿Qué había sido? ¿Dinero? ¿Algo valioso?
Sin perder un segundo más, corrió hacia la habitación que compartía con Bárbara. El aire en el cuarto era pesado, con un olor rancio a tabaco viejo y perfume barato.
Allí estaba el mueble, un armario enorme de color marrón oscuro, viejo y desgastado por el tiempo. John se acercó y lo inspeccionó, recorriendo con las manos las esquinas y los laterales, tratando de recordar el ángulo exacto desde donde había visto a Bárbara aquel día.
Su respiración era agitada, y cada segundo que pasaba sentía que el tiempo se le escurría entre los dedos.
Si allí había dinero... lo encontraría.
Y así fue.
Después de palpar cada rincón del mueble, John finalmente encontró una caja mediana de color marrón, vieja y polvorienta. La agarró con las manos temblorosas y la abrió a toda prisa, casi desgarrando la tapa.
Su corazón latía con fuerza, esperando ver fajos de billetes que resolvieran su problema... pero lo primero que vio fueron papeles. Montones de papeles arrugados y amarillentos.
—¿Qué demonios es esto? —gruñó, tirándolos a un lado sin siquiera mirarlos.
Debajo de ellos, por fin, apareció el dinero. No era una suma enorme, ni tampoco tan pequeña... pero estaba lejos de ser la cantidad que necesitaba.
ESTÁS LEYENDO
Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
