"Un tiempo de calidad"
De camino a la salida, Ilay no podía evitar mirar de un lado a otro, sus ojos recorriendo cada rincón del hospital. Su pequeño corazón latía con fuerza, lleno de ansiedad y dudas. El miedo a lo desconocido lo invadía; al fin y al cabo, irse a vivir con dos personas que apenas conocía era algo que le parecía una locura. Pero al mismo tiempo, si lo comparaba con seguir viviendo con Bárbara, su indiferente y cruel tía, la idea de una nueva vida no parecía tan descabellada.
Mientras avanzaban por los pasillos, algunas enfermeras que habían cuidado de él durante su estancia se acercaban para despedirse. Con sonrisas cálidas, le deseaban lo mejor, aunque Ilay apenas podía responderles con un tímido gesto de la mano. Sentía un nudo en la garganta al dejar un lugar que, aunque extraño, había sido su refugio durante esas semanas.
—¡Te vas a portar bien, pequeñín! —le dijo una enfermera con cariño mientras le acariciaba la cabeza. Ilay asintió, aunque no dijo nada.
Caminaba entre Arián y Eros, quien llevaba el bolso con sus cosas aunque ese bolso era peculiar por todos los dibujos que tenía. El aroma de jazmín que siempre emanaba de Arián lo tranquilizaba un poco, y aunque no se atrevía a decirlo en voz alta, su cercanía le daba cierta seguridad. Pero en su mente, las preguntas no dejaban de acumularse: ¿Cómo será su casa? ¿Qué esperaban de él? ¿Y si no les gustaba tenerlo ahí? ¿Y si cometía un error y ellos se arrepentían?
De repente, sintió una mano grande y cálida sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vio a Eros, que le sonreía con calma.
—Todo va a salir bien, pequeño —le dijo con firmeza, como si pudiera leerle los pensamientos. Esa frase, sencilla pero sincera, le dio un poco de aliento.
Finalmente, las puertas del hospital se abrieron frente a ellos, y el frío aire del exterior lo golpeó suavemente en el rostro. Ilay se detuvo un momento, mirando hacia la salida. Era como si dar ese paso hacia fuera simbolizara algo más grande: el comienzo de una vida completamente nueva.
Arián, notando su vacilación, se inclinó un poco frente a Ilay. Le dedicó una cálida sonrisa, esa que siempre lograba transmitir tranquilidad incluso en los momentos más tensos, y le dijo con dulzura:
—No temas, cariño, todo va a estar bien. Además, te cuento un secreto... —bajó un poco la voz, como si fuera algo muy especial—. Yo soy un lobo omega, y puedo prometer con la garrita que siempre te protegeremos, cuidaremos y amaremos. Solo tienes que confiar en nosotros.
Ilay abrió los ojos con asombro. ¿Arián era un lobo omega? Nunca se había detenido a pensar en ello, y ahora, esa información le parecía fascinante. Miró a Arián con curiosidad y luego dirigió su mirada hacia Eros. Ladeó ligeramente la cabeza, como si tratara de resolver un complicado rompecabezas en su mente.
—¿Y Eros? —preguntó finalmente, con un destello de genuina intriga en sus ojos.
Arián soltó una risita suave, mientras que Eros, divertido, arqueó una ceja. Ambos podían adivinar fácilmente las preguntas que rondaban en la pequeña cabecita de Ilay. ¿Qué clase de criatura sería Eros? ¿También un lobo? ¿Algo completamente distinto?
—¿Qué piensas, pequeñín? —dijo Eros con una sonrisa, inclinándose un poco para mirarlo directamente—. ¿Qué crees que soy?
Ilay frunció el ceño, claramente concentrado. Sus pies se balanceaban un poco mientras intentaba deducirlo, su imaginación desbordándose con posibilidades. Después de unos segundos, se encogió de hombros y murmuró:
—No sé... pero no te ves como un lobo. ¿Eres algo raro?
Arián estalló en carcajadas, cubriéndose la boca mientras Eros sacudía la cabeza con una sonrisa entre divertida y resignada.
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Vuelvo a Casa.
Hombres LoboHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
