"Decisiones y consecuencias"
John caminaba por los callejones desgastados y sombríos del barrio donde vivían, con una mezcla de frustración y desdén en su rostro. Ya habían pasado dos días desde que Ilay desapareció, y aunque en un principio no le había dado mucha importancia, ahora la situación comenzaba a pesarle. No porque le preocupara el bienestar del niño, sino porque su ausencia podría traerle problemas, especialmente con Bárbara, quien seguramente le culparía si las autoridades comenzaban a investigar.
Mientras recorría las calles, sus pasos resonaban en el pavimento agrietado. Observaba los rincones donde Ilay solía esconderse cuando no quería regresar a casa, pero no había rastro alguno del mocoso. En el fondo, la idea de que Ilay realmente se hubiera marchado no le molestaba demasiado.
Se detuvo en un cruce de calles y se encendió un cigarro, dándole una calada profunda mientras dejaba que sus pensamientos vagaran.
—Quizá se metió en algún lío —murmuró para sí mismo, expulsando una bocanada de humo—. Seguro lo atraparon robando o lo atropelló algún coche. Mejor así.
El cigarro se consumía lentamente entre sus dedos mientras continuaba caminando, esta vez sin rumbo fijo. En su mente surgían ideas sobre qué pudo haber pasado con Ilay, pero ninguna le generaba más que un leve interés pasajero.
Para John, el niño no era más que una carga. "Si algo le pasó, Bárbara se las arreglará. A fin de cuentas, lo que importaba era el dinero que llegaba por tenerlo bajo nuestro techo", pensó, con una mueca de indiferencia.
Finalmente, después de dar varias vueltas sin resultados, John se dio por vencido.
—Bah, que se las arregle solo. Mejor para mí si no vuelve —dijo con una sonrisa torcida mientras tiraba la colilla al suelo y la aplastaba con el pie.
Con ese pensamiento, dio media vuelta y regresó al destartalado de casa donde vivían. La preocupación fingida que Bárbara le exigiría sería un pequeño precio a pagar por el alivio que sentía al no tener que lidiar con Ilay. Para John, lo que le pasara al niño no tenía la menor importancia.
John estaba a punto de llegar al desvencijado de casa donde vivían cuando escuchó un bullicio que lo hizo detenerse. Un grupo de adolescentes caminaba cerca, riéndose a carcajadas y lanzándose comentarios burlones entre ellos. Al prestar atención, captó un nombre entre las risas: Ilay.
Frunció el ceño y giró sobre sus talones, acercándose al grupo con pasos decididos.
—¡Oigan! —les llamó, con voz áspera. Los adolescentes, al notar su presencia, se detuvieron abruptamente y dejaron de reír. John los miró con recelo antes de preguntar—: ¿Conocen a un tal Ilay? ¿Lo han visto por aquí?
Los chicos intercambiaron miradas rápidas, una mezcla de culpa y nerviosismo reflejándose en sus rostros. Uno de ellos, un poco más alto que los demás, se adelantó tratando de mantener una expresión relajada.
—¿Ilay? No, señor, no conocemos a nadie con ese nombre —respondió, mientras sus amigos asintieron rápidamente.
John no era estúpido; había algo en sus caras que no le convencía. Sus ojos escudriñaron al grupo, buscando cualquier señal de que le ocultaban algo.
—¿Seguro? Los escuché mencionar su nombre —insistió, acercándose un poco más.
El chico alto tragó saliva y levantó las manos en señal de inocencia.
—Debe ser un malentendido. Quizás hablábamos de otra cosa —dijo, esforzándose por sonar convincente.
Los otros muchachos no tardaron en seguirle el juego, balbuceando excusas y negando cualquier conexión con Ilay. John los miró fijamente durante unos segundos más, intentando intimidarlos, pero los adolescentes mantuvieron su fachada.
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Vuelvo a Casa.
WerwolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
