Capítulo 19

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Paso a Paso Te Voy Alcanzando.

Ilay se sentó cerca de la puerta trasera, abrazando su mochila como si fuera su único tesoro. Inti, escondido dentro, se mantuvo en silencio, como si comprendiera la importancia de no llamar la atención.

Mientras el vehículo avanzaba, Ilay observó las calles pasar, con sus casas cada vez más grandes y las luces brillando con más intensidad a medida que se acercaban al centro. El contraste entre la opulencia del centro y la miseria de su barrio siempre le resultaba un recordatorio cruel de la distancia que separaba su vida de los sueños que albergaba en secreto.

Cuando finalmente llegó a la parada, Ilay bajó apresuradamente. Sus pies pequeños golpearon el pavimento húmedo, y el aire frío lo hizo encogerse aún más dentro de su sudadera. Caminó sin rumbo fijo por las calles abarrotadas, observando a la gente que pasaba: hombres y mujeres bien vestidos, niños riendo con sus familias, todos ajenos a su presencia.

De repente, un escaparate llamó su atención. Una pequeña tienda de dulces exhibía pasteles y golosinas detrás de un vidrio impecable. Sus ojos se posaron en un pastelito cubierto de crema y fresas que parecía brillar bajo las luces del mostrador. Su estómago gruñó con fuerza, recordándole que llevaba días sin comer. Se quedó quieto frente a la tienda, observando cómo los clientes entraban y salían, con la esperanza de que tal vez alguien dejara caer algo que él pudiera recoger.

Pero nadie lo hizo. Ilay comenzó a mirar a su alrededor, evaluando el lugar con los ojos afilados de alguien que había aprendido a sobrevivir en las calles.

La dependienta parecía ocupada acomodando mercancías, y el resto de las personas parecían demasiado concentradas en sus propias compras como para prestarle atención. Era su oportunidad. Si podía colarse y tomar el pastelito sin que nadie lo notara, al menos tendría algo para él y para Inti.

Mantuvo una mano firme sobre su mochila, como si de algún modo el contacto con Inti le diera valor, y empezó a acercarse al escaparate. Miró a ambos lados de la calle, asegurándose de que nadie estuviera observándolo. Pero lo que Ilay no sabía era que no estaba tan solo como pensaba. Desde el día anterior, una camioneta negra lo había estado siguiendo discretamente. Dentro de ella, dos figuras observaban cada uno de sus movimientos, sin perder detalle.

Cuando Ilay extendió la mano hacia la puerta de la tienda, la camioneta se detuvo al otro lado de la calle. Las ventanillas polarizadas se mantuvieron cerradas, pero en su interior, los ocupantes intercambiaron una mirada significativa. "Es él", dijo uno de ellos en voz baja.

Ilay apenas tuvo tiempo de reaccionar. El cálido y dulce aroma de la tienda lo había envuelto como un abrazo, un contraste tan abrumador con el frío exterior que, por un momento, casi olvidó el propósito de su entrada. Las campanitas de la puerta habían sonado con suavidad al cruzar, y ese tintineo ligero lo había hecho sonreír por dentro, aunque fuera solo un instante. Todo parecía perfecto: nadie lo había notado, y el mostrador lleno de pasteles estaba justo frente a él.

Se acercó al pastelito que había visto desde el escaparate, uno cubierto de crema y fresas que parecía llamarlo con promesas de dulzura y alivio a su hambre. Extendió la mano, temblorosa, sintiendo la adrenalina correr por su cuerpo. Pero justo cuando sus dedos estaban a punto de rozar el pequeño manjar, una mano más grande y cálida sujetó la suya con suavidad.

Ilay se quedó helado. Su respiración se detuvo, y sus ojos se abrieron de par en par, llenos de sorpresa y miedo. Intentó tirar de su mano, pero la otra no lo soltó. No era un agarre agresivo, pero había firmeza en él, como si el dueño de esa mano quisiera que se detuviera, no que escapara.

—No tienes que hacerlo, pequeño —dijo una voz masculina, grave pero extrañamente gentil.

Ilay alzó la vista con cautela y se encontró con un hombre un poco mayor de cabello oscuro y con pocas canas y ojos profundos, que lo miraba con una mezcla de comprensión y algo que no podía identificar del todo. Era como si ese hombre pudiera ver más allá de su apariencia, como si supiera exactamente por lo que estaba pasando.

El hombre, vestido con un abrigo elegante y bufanda, no parecía pertenecer a ese lugar. Había algo en su porte que hablaba de riqueza, pero no de la arrogancia que Ilay estaba acostumbrado a ver en otros. Era como si tuviera una presencia que llenaba la habitación, y eso lo hacía aún más intimidante para Ilay.

—Yo... yo no estaba haciendo nada —murmuró Ilay, intentando ocultar su nerviosismo. Su voz apenas era un susurro, pero el hombre no lo soltó.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el desconocido, inclinándose un poco para estar a su altura.

Ilay no respondió. Su corazón golpeaba con fuerza en su pecho mientras buscaba una salida, pero su cuerpo seguía paralizado. En ese momento, un segundo hombre apareció detrás del primero. Era más joven, con una expresión amable y un aire de dulzura que contrastaba con el otro. Sus ojos grises se le hacían muy familiar, se posaron en Ilay, y algo en su rostro cambió: pasó de la sorpresa a una preocupación genuina.

—¿Qué está pasando? —preguntó el segundo hombre, dirigiéndose al primero mientras miraba a Ilay.

—Este pequeño estaba a punto de robar un pastelito —respondió el primero sin soltar a Ilay—. Pero creo que no es lo que parece.

Ilay sintió cómo una lágrima silenciosa caía por su mejilla, no tanto por miedo, sino por el peso de su situación. No podía explicar por qué, pero la mirada del segundo hombre le hacía sentir aún más vulnerable. Era como si esa expresión amable estuviera cavando en lo más profundo de él, tocando algo que Ilay había enterrado hacía mucho tiempo.

—Tranquilo, no vamos a hacerte daño —dijo el segundo hombre, inclinándose para quedar a la altura del pequeño Ilay. Su voz era suave, casi como un susurro que calmaba el aire tenso  y desprendía un olor tan tranquilizador, era el olor a jazmín — ¿Donde están tu padres pequeño? 

Ilay apartó la mirada, incapaz de responder. Pero su estómago lo delató, gruñendo con un sonido tan fuerte que llenó el silencio de la tienda. El segundo hombre intercambió una mirada con el primero y luego miraron a Ilay de pieza a cabeza y comprendieron la situación al instante, su ropa estaba un poco sucia y rota, desgastada con pequeños augeritos.

—¿Puedes levantar la mirada cariño? 

Cuando levanto solo un poco ambos comprendieron y parecieron llegar a un acuerdo silencioso.

—Vamos a hacer esto —dijo el hombre mayor—. El pastelito será tuyo, pero antes tienes que sentarte con nosotros. ¿Te parece?

Ilay dudó. Su instinto le gritaba que corriera, pero algo en esos hombres lo hacía quedarse quieto, como si una parte de él supiera que no debía escapar esta vez. A regañadientes, asintió con la cabeza. Y así, sin saberlo, Ilay acababa de dar el primer paso hacia un cambio que jamás habría imaginado.

[........]

¡Que onda! personitas del otro lado de la pantalla, espero que les este Gustando, cualquier sugerencia o pregunta avisen.

Pregunta.

¿Quienes serán estas personas, tienen alguna idea? 

Pista: Esta familia destaca por sus ojos grises y su apellido empieza con la .... :) 

Adivina adivinador. 


Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora