Capítulo 60

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"Y así soy yo"

Ilay e Inti no se separaron ni un segundo desde que salieron del hospital. Durante todo el camino en el auto, Inti estuvo en su regazo, con la cabeza apoyada sobre su pierna, como si así pudiera asegurarse de que no volverían a separarse nunca más. Arián iba a su lado, atento a cada gesto, cada suspiro, cada mirada del niño. Le hablaba con voz baja y suave, preguntándole si estaba cómodo, si quería agua, si tenía hambre... como si el mundo entero se resumiera en él.

Cuando el auto llegó frente a la enorme mansión Blackfux-Caliste, las majestuosas rejas se abrieron con lentitud y elegancia, revelando la imponente propiedad. El sol se reflejaba en los ventanales del piso superior, y el jardín parecía sacado de un cuadro de cuentos.

El vehículo se detuvo frente a la entrada principal, y cuando Eros bajó, todo el personal que trabajaba en la casa salió de inmediato para hacer una reverencia. Era la señal de que la rutina volvería a comenzar. 

Había pasado tiempo desde que vieron a sus patrones, ya que ellos estaban de vacaciones por ordenes de Arian y Eros, así que cuando regresaron se les informo muy cuidadosamente todo lo sucedido y que si alguien decía algo fuera de esta casa estaría bajo tierra, la amenaza que recibieron era aterradora, pero ellos lo entendieron y prometieron siempre ser leales, y todos sabían lo que significaba su regreso.

Sin embargo, ni Eros ni Arián se sentían del todo cómodos con tanta gente alrededor. Ambos estaban atentos, en alerta. Aunque sabían que todos los que trabajaban para ellos eran de absoluta confianza, no podían evitar preocuparse. Ilay necesitaba tranquilidad. Necesitaba sentirse seguro. Necesitaba no ver rostros desconocidos que pudieran despertarle más recuerdos dolorosos.

Arián lo sostuvo en brazos mientras caminaban hacia la entrada, con Inti firme entre los brazos de Ilay. A cada paso, los trabajadores se retiraban con respeto, sabiendo que el niño estaba pasando por un momento muy delicado.

—¿Estás bien, mi amor? —preguntó Arián en voz baja. Ilay asintió sin decir nada, escondiendo el rostro en el cuello de su mamá omega.

Eros caminaba junto a ellos, vigilando cada movimiento, cada rincón. Y mientras subían los escalones de la entrada principal, recordó las palabras del médico.

"Necesita comenzar a confiar otra vez. A vincularse, aunque sea de a poco, con personas que no sean solo ustedes o sus abuelos. Es importante. El aislamiento puede ser peligroso. También recomiendo, con urgencia, iniciar terapia psicológica. Por fuera puede parecer tranquilo, incluso feliz... pero por dentro, este niño está roto. Lo que vivió dejó cicatrices profundas. No confía en nada ni en nadie. Algo en su interior se quebró. Y si no lo ayudamos a sanar, va a crecer con miedo, con rabia... con oscuridad."

Esas palabras seguían pesando en la mente de Eros y Arián.

Ilay necesitaba más que protección.

Necesitaba reconstruirse.

Y para eso, iba a necesitar mucho amor... y tiempo

Ya en casa, Arián pensó que sería una buena idea dejar a Ilay y a Inti en el sofá, donde podrían descansar tranquilos. Pero en cuanto intentó separarlo de sus brazos, Ilay se aferró a él como una garrapata, sin intención alguna de soltarse. Su pequeño cuerpo temblaba y se acurrucaba con fuerza, con la cabeza hundida en el hueco del cuello de su mamá omega, buscando refugio en su calor y su olor.

Arián entendió que no tenía sentido forzarlo. Se acomodó en el sofá con él aún en brazos, abrazándolo con ternura mientras sus dedos acariciaban de forma instintiva el cabello castaño de su cachorro. Inti, por su parte, se subió a sus pies, gruñendo en voz baja, alerta y desconfiado. El cachorro también sentía las miradas ajenas, los pasos, los murmullos lejanos de los empleados de la mansión.

El lobo interior de Arián, Cirious, reaccionó enseguida. Como si pudiera leer el miedo de Ilay y la tensión en su cuerpo, soltó una oleada cálida y suave de feromonas que impregnaron la sala. Era un aroma tranquilizador, protector, que envolvió a Ilay como una manta invisible. Poco a poco, los temblores comenzaron a ceder. Ilay no decía nada, pero sus brazos ya no apretaban con la misma desesperación. Y a los pocos minutos, Inti dejó de gruñir y se recostó, aún vigilante, pero más relajado.

Eros, que había estado observando desde unos pasos atrás, sonrió con ternura al ver la escena. Se acercó sin hacer ruido, como si temiera romper esa burbuja de calma que Arián había creado. Se agachó junto a ellos y besó la cabeza de Ilay con suavidad, acariciando también el suave pelaje de Inti, que levantó ligeramente la cabeza para recibir el mimo.

Después, se inclinó hacia Arián y le dio un beso en la mejilla, corto pero lleno de significado.

—Voy a ir al despacho a resolver un asunto urgente —murmuró en voz baja—. Si me necesitas, estaré aquí enseguida.

Arián apenas despegó la mirada de Ilay e Inti. Asintió lentamente y le dedicó una pequeña sonrisa, como respuesta silenciosa. En ese momento, su mundo estaba entero entre sus brazos, y no había nada más importante que cuidar de ellos.

Mientras tanto, Eros se puso de pie y con voz firme pero calmada dio la orden:

—Que todas las cosas que trajimos del hospital sean acomodadas en el cuarto de Ilay. Y por favor, que nadie entre a esta sala sin autorización.

Y así, mientras los empleados se movían con discreción por la casa, la familia comenzaba el primer día de su regreso a casa. Un regreso silencioso, frágil... pero lleno de amor.

Eros entró en su oficina como una sombra silenciosa, cerrando la puerta detrás de sí con un suave clic. En el instante en que el pomo giró, su semblante cambió por completo. Ya no era el esposo amoroso ni el padre protector: ahora, era el vampiro de sangre pura, el heredero de una de las familias más poderosas del mundo, el líder implacable del imperio Blackfux.

Sus ojos, antes cálidos, se volvieron fríos como el acero. Caminó con firmeza hasta su enorme escritorio de madera de nogal y se dejó caer en la silla de cuero marrón oscuro, que crujió ligeramente bajo su peso. No pasó ni un segundo cuando su celular comenzó a sonar.

—Habla —ordeno con voz seca.

La voz al otro lado le informó con precisión militar: "Todo está listo, señor. Tal como lo ordenó."

—Bien —respondió sin más, y colgó.

Encendió su computadora, introdujo un código de seguridad y esperó. No tardó mucho en llegar un archivo cifrado, enviado por las Sombras, su grupo más leal y secreto de inteligencia. Apenas lo abrió, el aire en la oficina comenzó a cambiar. Una brisa helada recorrió la habitación, y una presión invisible se asentó en el ambiente. La temperatura descendió de forma palpable. Las luces parpadearon por un segundo.

Y entonces, esa energía oscura, antigua, surgió de él.

No era magia. Era poder. Un poder tan viejo y puro como la sangre que corría por sus venas. Sus colmillos asomaron ligeramente por debajo de sus labios. Su mirada se agudizó.

Leía. Cada palabra. Cada línea. Cada nombre.

Las piezas encajaban. El rompecabezas se había armado. Finalmente lo sabía todo: quién había participado en el secuestro y lo más importante, por qué.

El rugido silencioso de su furia se extendió por la habitación, invisible, pero imposible de ignorar. Porque ahora Eros Oriol Blackfux conocía la verdad. Y quien había osado tocar a su hijo... no viviría para contarlo.

La guerra, en silencio, había comenzado.

[.....]

Se viene algo que no se que es.

;) xoxo

Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora