"Yo calmare la pena que tu alma lleva".
Ilay disfrutó tanto de los dulces que olvidó una regla básica: un estómago vacío no soporta un exceso de azúcar, especialmente después de varios días sin comer adecuadamente. Comió galletas, pastelitos y bebió la leche, pero al terminar, su cuerpo comenzó a pasarle factura.
Primero fue un leve mareo, luego una punzada en el estómago, y finalmente, el sudor frío que recorrió su frente le indicó que algo no iba bien. Comenzó a sentirse muy incómodo, removiéndose en su asiento mientras abrazaba su mochila con más fuerza.
La mujer frente a él notó el cambio en su expresión.
—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose hacia él con preocupación.
Ilay negó con la cabeza y, sin decir una palabra, se levantó de golpe, tropezando ligeramente con la silla alta. Sintió que su estómago se revolvía y que no podría contenerlo por mucho tiempo. Tenía que salir de allí antes de avergonzarse más.
Corrió hacia la salida, apretando con fuerza su boca para evitar lo inevitable. Pero en su prisa, no calculó bien sus movimientos y chocó con la camarera que venía de frente, cargando una bandeja llena de cafés y platos con comida.
El impacto fue suficiente para que la bandeja volara de las manos de la mujer. Los cafés derramados y los platos rotos se estrellaron contra el suelo con un estruendo que llamó la atención de todos en la cafetería.
—¡Pero qué haces! —gritó la camarera, visiblemente enfurecida.
Ilay, pálido y temblando, no pudo responder. Apenas tuvo tiempo de girar hacia un lado antes de vomitar, doblándose en el suelo mientras abrazaba su mochila con desesperación. Inti, alarmado por el caos, asomó su cabecita para ladrar suavemente, como si quisiera consolar a su amigo.
La escena dejó a la pareja atónita. El hombre fue el primero en reaccionar, levantándose rápidamente y acercándose a Ilay.
—Tranquilo, tranquilo. Todo está bien —dijo, colocando una mano en la espalda del niño para calmarlo.
Pero en vez de tranquilizarlo, Ilay se alteró aún más. Sentía que todo era demasiado: los ojos que lo observaban, el ruido de la cafetería, la sensación de ser atrapado en un lugar del que no podía escapar. Su instinto fue correr, y eso hizo.
Sin decir nada, se levantó de golpe, apartando la mano del hombre, y salió corriendo hacia la puerta. La abrió con fuerza y se lanzó al frío aire exterior, sin detenerse a pensar.
Una vez afuera, se detuvo en seco y miró a su alrededor. Las calles estaban llenas de gente que caminaba sin prestarle atención. Las luces brillaban en los escaparates y los autos pasaban rápidamente eso lo mareo aun más, pero Ilay solo sentía el dolor en su estómago, que lo hacía doblarse un poco mientras colocaba su manita sobre él.
Respiraba con dificultad, sus piernas temblaban y su mente estaba nublada. No sabía qué hacer ni a dónde ir. El hambre mezclada con el malestar lo hacía sentir mareado, y el frío viento de la tarde le calaba los huesos.
Se apoyó contra una pared cercana, tratando de calmarse, pero el dolor no cedía. Cerró los ojos por un momento, respirando profundo, intentando convencerse de que todo estaría bien. Sin embargo, los pasos rápidos detrás de él lo hicieron abrir los ojos de golpe.
Era la mujer, quien lo había seguido con expresión preocupada.
—Espera, no te vayas. Solo queremos ayudarte —dijo, acercándose lentamente, como si temiera asustarlo aún más.
Ilay negó con la cabeza, retrocediendo un poco.
—N-no necesito ayuda... Yo... —su voz temblaba tanto como sus piernas—. Solo déjenme en paz.
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
