Te siento y te pienso.
La mañana llegó, pero la calma no. En el hogar Blackfux, el sol apenas se filtraba a través de las pesadas cortinas, y el ambiente estaba cargado de una extraña melancolía. Arián se encontraba sentado en la cocina, sosteniendo una taza de café que apenas había tocado. La bebida se enfriaba entre sus manos mientras su mirada estaba fija en la ventana, pero no veía el paisaje. Sus pensamientos lo habían arrastrado de nuevo a la noche anterior, a ese instante fugaz donde sus ojos se cruzaron con los de ese pequeño niño.
No había dormido nada. Su pecho se sentía pesado, como si estuviera oprimido por una emoción que no lograba entender del todo. Cada vez que cerraba los ojos, veía ese rostro magullado, esos ojos oscuros llenos de miedo y valentía a la vez. Era un dolor visceral, uno que ni siquiera las feromonas de Eros podían calmar. Su lobo interior estaba inquieto, en silencio, pero claramente perturbado. Había intentado meditar, leer, incluso pintar, pero nada lograba sacarlo de ese estado de intranquilidad.
Un ruido lo sacó de sus pensamientos. Eros hablaba por teléfono en la sala contigua, su voz firme y profesional como siempre, pero con un matiz de irritación que Arián notó al instante. Probablemente, algo relacionado con la reunión que tenía programada con un proveedor esa mañana.
Arián dejó la taza en la mesa y se giró ligeramente, escuchando a medias la conversación. No era propio de él entrometerse en los asuntos de negocios de Eros, pero cualquier distracción en ese momento era bienvenida. Sin embargo, no podía ignorar esa sensación persistente en su pecho.
Eros colgó la llamada y apareció en la cocina, ya vestido para salir. Su traje perfectamente ajustado lo hacía ver imponente y sexy muy sexy , pero sus ojos reflejaban el cansancio que compartían ambos. Se acercó a Arián y le dejó un suave beso en la frente antes de servirse un café.
—¿No dormiste nada, verdad? —preguntó Eros, rompiendo el silencio.
Arián negó con la cabeza, evitando los ojos de su esposo.
—No... No podía. Hay algo que no me deja tranquilo —admitió en voz baja, jugueteando con la taza entre sus manos—. Ese niño, Eros. No puedo sacarlo de mi cabeza.
Él sabía que debía ir con la verdad a Eros, el era su esposo y su compañero de vida, lo sentía en todas parte y en todo el cuerpo, eran uno solo.
Eros suspiró, apoyándose contra la encimera. Él también había estado pensando en el niño, en cómo había sentido algo extraño al cruzar miradas con él. Había una conexión, algo que no podía explicar.
—Ya mandé a investigar, Arián —dijo con firmeza, aunque en su tono había un dejo de preocupación—. Los chicos que estaban con él eran parte de una banda conocida en la ciudad, por robar y a veces realizan peleas callejeras en donde apuestan por dinero para ver quién gana, la policía a atrapado a dos de ellos para averiguar en donde se reúnen, pero el niño... no sabemos nada de él aún. Me aseguré de que lo buscaran. Quiero saber quién es y qué hacía allí.
—No te pusiste a pensar que el pequeño niño, también era parte de ellos y que estaba robando, por que si es así no puede creer que ese pequeño bebe estuviera robando, donde están sus padres, él no tendría que esta pasando por eso.
—Tranquilo, pronto sabremos que esta pasando.
Arián levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y angustia.
—Gracias... No sé por qué, pero siento que debemos encontrarlo, Eros. Hay algo en él, algo que me... preocupa y, al mismo tiempo, siento que debo protegerlo como si fuera una parte de mí.
Eros se acercó y tomó la mano de Arián entre las suyas, sus feromonas comenzando a calmarlo un poco.
—Lo encontraremos, Arián. Prometo que lo haremos.
El omega asintió, aunque no podía evitar que su mente volviera a divagar hacia la posibilidad de que ese niño estuviera sufriendo en ese mismo momento. Su lobo interior, aunque aún callado, le transmitía una certeza: ese pequeño era importante, más de lo que cualquiera de los dos podía imaginar.
[........]
Ilay se había despertado antes de que el sol siquiera asomara por el horizonte. Su estómago gruñía desesperado, y no quería ni imaginar el hambre que tendría Inti cuando despertara. Caminó hacia el baño, frotándose los ojos, y cuando se miró en el espejo, dejó escapar un suspiro cansado.
Su rostro estaba cubierto de moretones; un ojo estaba hinchado y morado, y las marcas rojizas de los golpes todavía ardían sobre su piel. Alzó su camiseta para inspeccionar su torso y notó pequeños hematomas en su costado. Era un panorama desolador, pero para Ilay, esto ya era casi rutina. Prefirió no mirarse más y, en su lugar, lavó su cara con agua fría, como si eso pudiera borrar el reflejo de su realidad.
El agua helada del grifo lo hizo temblar, pero le sirvió para despejarse un poco. Se cepilló los dientes rápidamente y, con la misma prisa, se metió a la ducha. La sensación del agua fría cayendo sobre su cuerpo era tan desagradable que no tardó mucho en salir, secándose de cualquier manera antes de dirigirse a su habitación.
Ilay odiaba el frio, la humedad y los días nublados no eran lo suyo, el prefería dormir calentito con muchas mantas suaves enrrolladito con un taco. Los días lluviosos tampoco era de su agrado, no entendía como a las personas le gustaba cuando llovía, a él no le gustaba por que si llovía afuera dentro de su habitación también llovía.
Cuando entró, vio a Inti acurrucado entre las mantas. El pequeño husky siberiano aún dormía profundamente, con su cuerpo moviéndose ligeramente con cada respiración. Era solo un cachorro, y como era normal a su edad, pasaba gran parte del día durmiendo. Ilay sonrió apenas al verlo tan tranquilo, y con cuidado, ajustó las mantas para que no pasara frío antes de salir de la habitación.
Bajó las escaleras en silencio, sin hacer ruido. No quería despertar a nadie, especialmente a John. Al llegar a la cocina, lo vio desde el marco de la puerta, tirado en el sofá con varias latas de cerveza vacías en el suelo. La televisión seguía encendida, emitiendo un murmullo constante, y John roncaba ruidosamente, con un brazo colgando hacia el piso.
El aire en la sala apestaba a alcohol y a tabaco, y a Ilay se le revolvieron las tripas. Era una imagen tan familiar como desagradable. A pesar de lo mucho que odiaba a John, sabía que este sería el único momento en el que podía moverse libremente por la cocina sin recibir un insulto o una orden.
Se dirigió al refrigerador y lo abrió, buscando algo que pudiera comer y guardar un poco para Inti. Como de costumbre, apenas había nada: un poco de leche que ya empezaba a oler mal y un trozo de pan duro que parecía llevar días allí. Frunció el ceño y cerró el refrigerador, pensando en cómo podría conseguir comida para ambos ese día.
Mientras tanto, John se removió en el sofá, murmurando algo incomprensible antes de volver a sus ruidosos ronquidos. Ilay lo observó con un odio contenido. No había palabras para describir cuánto deseaba escapar de esa casa, de esas personas.
Con cuidado, tomó el pan duro y lo guardó en su bolsillo. Subió de nuevo las escaleras, decidido a buscar algo mejor afuera, aunque significara volver a robar. Tenía que hacerlo, por él y por Inti.
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Vuelvo a Casa.
Manusia SerigalaHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
