"El amor incondicional"
La habitación parecía cambiar con cada segundo que pasaba. El aire denso y frío se mezclaba con la intensidad de las feromonas de Arián, creando una barrera invisible pero poderosa alrededor de ellos.
Arián, incapaz de contener su lobo, dejó que Cirious soltara sus feromonas, envolviendo la habitación con su esencia: un aroma profundo, salvaje, como un bosque tras la lluvia, cálido y protector. Era un llamado, un mensaje silencioso para Ilay: "Estás a salvo, hijo. mamá está aquí".
Eros, aunque no tenía feromonas como su esposo, dejó que su aura vampírica oscura se extendiera por la habitación. La energía que lo rodeaba era fría, como el filo de una navaja, pero firme y estable, como un escudo inquebrantable. El suave aroma de su esencia —una mezcla de madera antigua y un toque de vino tinto— se entrelazó con las feromonas de Arián, creando un círculo impenetrable de protección.
Ilay, aún sollozando entre los brazos de Arián, comenzó a sentirlo.
El miedo, esa oscuridad abrumadora que lo había atrapado desde que despertó, empezó a disiparse poco a poco. El pánico en su pecho disminuyó mientras su mente, aún confusa, reconocía esos olores.
El olor a bosque... a hogar... Arián.
El aura cálida pero seguro... firme como un ancla... Eros.
Eran ellos, eran esas personas que sin conocerlo le dieron eso que tanto necesitaba, un hogar.
—No me dejen... —balbuceó Ilay, aferrándose más fuerte a Arián, su pequeño cuerpo aún temblando, pero ya no por terror, sino por el alivio de no estar solo.
Su respiración, que antes era errática y superficial, empezó a calmarse. Poco a poco, los jadeos se transformaron en respiraciones más profundas y constantes.
Eros se acerco junto a Arián, con sus ojos carmesí brillando, pero esta vez, no por rabia... sino por el instinto feroz de proteger a su familia.
—Estás bien, cachorro —susurró con voz firme, acariciando con delicadeza el cabello revuelto de Ilay—. Nadie te hará daño jamás.
Arián besó la frente sudorosa de su hijo, sus feromonas aún impregnando cada rincón de la habitación, envolviéndolos como una manta invisible.
—Estamos aquí... Eros y yo... contigo, siempre. —La voz de Arián tembló un poco, pero era clara y reconfortante.
Ilay finalmente abrió los ojos, sus pupilas dilatadas buscando las figuras familiares frente a él.
Y cuando los vio... cuando realmente los vio...
La oscuridad se fue.
Ya no estaba atrapado.
Ya no estaba solo.
Ilay se aferró aún más a Arián, como si temiera que desapareciera, y alargó una manita para agarrar la camisa de Eros, como si quisiera asegurarse de que ambos estuvieran ahí.
Y lo estaban.
La tensión dentro de la habitación era tan densa que parecía una barrera física. Las feromonas de Arián seguían envolviendo a Ilay, un recordatorio silencioso para cualquiera que intentara acercarse: "No te atrevas".
El rugido gutural que salió del pecho de Arián fue tan profundo y feroz que retumbó en las paredes, haciendo que las luces titilaran por un breve instante. No fue solo un sonido... fue un claro aviso.
El doctor, que ya tenía una mano en la puerta, retrocedió de inmediato, su corazón latiendo con fuerza. No necesitaba más señales.
—Si fuera usted, no entraría ahí... —dijo la voz grave y autoritaria de Richard Oriol Blackfux, el padre de Eros. Sus ojos afilados y carmesí brillaban con un toque de diversión oscura, pero su tono no admitía discusiones—. A menos que quiera perder la cabeza.
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
