"La angustia misma"
La noche avanzó lenta, casi cruel.
Ilay seguía acurrucado en una esquina de aquella habitación fría y oscura, con las manos y pies atados, las muñecas ardiéndole por las cuerdas que le apretaban con fuerza. Cada pequeño movimiento causaba un dolor punzante, y estaba seguro de que quedarían marcas profundas en su piel.
El hambre rugía en su estómago, pero el miedo le hacía olvidar cualquier otra sensación. El frío de la habitación se le metía hasta los huesos, y su cuerpo temblaba, no sabía si por el frío o por el terror.
Inti, su fiel cachorro, parecía sentir cada emoción que lo atravesaba. A pesar de ser tan pequeño, sabía que Ilay estaba asustado, así que hizo lo único que podía: se acurrucó más contra su pecho y comenzó a lamerle la mejilla con suavidad, como si sus diminutas lengüetadas pudieran borrar el miedo y la soledad.
—Tranquilo, Inti... —susurró Ilay, pero su voz sonó rota.
Sus lágrimas habían dejado surcos silenciosos en su rostro sucio. Había llorado como nunca antes, sin preocuparse por parecer fuerte o valiente.
Quería a Arián.
Quería a Eros.
Quería estar en casa, en su cama caliente, con la voz suave de Arián leyéndole un cuento mientras Eros le revolvía el cabello con ternura.
Pero ahora estaba aquí... atrapado... abandonado.
Encima de su cabeza, una pequeña ventana con rejas dejaba pasar un hilo tenue de luz plateada. Estaba muy alta, inalcanzable para él, aunque ya lo había intentado antes. Se había arrastrado, tirado de las cuerdas hasta que sus muñecas ardieron más fuerte, y aún así, no logró ni rozar el borde de la ventana.
La única luz que tenía era la de la luna, que, como si supiera lo solo que se sentía, iluminaba justo por esa pequeña abertura.
—Gracias... —murmuró Ilay, con la voz quebrada, como si le hablara a la luna—. Gracias... por no dejarme solo...
Inti gimoteó bajito, buscando sus caricias, y Ilay, con los dedos entumecidos, hizo lo posible por acariciarlo como pudo.
Así pasaron las horas.
Ilay, un niño de apenas diez años, roto por el miedo, abrazado a su cachorro, con la única compañía de una luna distante que no podía salvarlo... pero que al menos lo veía.
La noche fue larga.
Muy larga.
En otra parte de la ciudad, la noche también fue eterna para Eros y Arián.
Ninguno de los dos pudo cerrar los ojos ni un segundo.
El equipo de seguridad de Eros había trabajado sin descanso, recopilando las grabaciones de las cámaras de vigilancia de las calles y los negocios cercanos. Pero era un proceso lento, y aunque cada segundo parecía una daga clavándose más profundo en el pecho de ambos, sabían que las imágenes no estarían listas hasta la mañana siguiente.
No les quedaba más que esperar.
La sala estaba sumida en un silencio insoportable. Solo el leve tic-tac del reloj colgado en la pared rompía la quietud, marcando el paso cruel del tiempo.
Arián y Eros estaban en el sofá, abrazados.
El omega tenía el rostro enterrado en el cuello de su esposo, y aunque sus lágrimas ya no corrían, sus ojos seguían enrojecidos y su cuerpo temblaba ligeramente. Eros lo sostenía con firmeza, su mandíbula tensa, sus colmillos apretados por la frustración y la impotencia.
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Vuelvo a Casa.
LobisomemHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
