Capítulo 56

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"Iré a buscarte  el lo más hondo, a donde deba encontrarte"

Lo primero que vieron fue una puerta de madera vieja, desgastada y despintada.

El corazón de Arián latía con tanta fuerza que sentía que estallaría en cualquier momento.

Sabían que Ilay estaba detrás de esa puerta porque pudieron escuchar los pequeños gemidos desesperados de Inti.

—¡Está aquí! —susurró Arián, con la voz temblorosa.

Eros no dudó ni un segundo. Al ver el candado oxidado que sellaba la puerta, levantó su pierna y, con una patada poderosa, la hizo volar de golpe. La madera crujió y se partió, dejando la entrada abierta de par en par.

El interior estaba envuelto en una oscuridad asfixiante. Apenas un débil rayo de luz de la pequeña ventana iluminaba el suelo, proyectando sombras extrañas en las paredes.

El aire era frío, denso, y olía a polvo y abandono.

Arián fue el primero en entrar, seguido de Eros.

El omega sintió la presencia de Ilay al instante.

Su aroma, aunque débil, estaba allí... junto con el suave olorcito de Inti.

—Ilay... —susurró primero, con miedo de no obtener respuesta.

Pero, en cuanto sus ojos se acostumbraron a la penumbra, los vio.

Ilay estaba acurrucado en una esquina, encogido sobre sí mismo, con las manos y los pies atados, el rostro pálido y los labios temblorosos. A su lado, Inti gimoteaba suavemente, empujando su carita contra la mejilla del niño, tratando de despertarlo.

Arián sintió que el alma se le partía en mil pedazos.

—¡Ilay! —gritó, corriendo hacia él y arrodillándose a su lado.

Eros reaccionó al instante, agachándose junto a Arián y sosteniendo con cuidado el frágil cuerpo del niño. Ilay estaba helado, sus muñecas y tobillos tenían marcas rojas y profundas por las cuerdas, y su respiración era débil.

Arián dejó a Inti suavemente en el suelo y, con dedos temblorosos, empezó a desatar los nudos que lo mantenían prisionero.

—Tranquilo, cariño, ya estamos aquí... ya pasó todo... —susurraba, con la voz quebrada por las lágrimas que luchaban por salir.

Eros, con el ceño fruncido y los colmillos levemente asomados por la furia contenida, acarició el cabello enmarañado de Ilay, mientras vigilaba cada movimiento a su alrededor.

—Te tenemos, hijo... —murmuró, en un tono más firme pero lleno de ternura.

Ilay no reaccionaba.

Su cuerpecito parecía una muñeca rota.

Y cada segundo que pasaba sin que abriera los ojos, era una puñalada más al corazón de sus padres.

En segundos, las sirenas de la ambulancia y la policía rompieron el silencio de aquella noche fría. Las luces rojas y azules parpadeaban, reflejándose en los cristales rotos de la vieja casa abandonada.

Arián y Eros salieron rápidamente del lugar, sin soltar a Ilay ni un segundo.

Los paramédicos se acercaron a toda prisa.

—¡Tenemos a un niño inconsciente, signos de hipotermia! —gritó uno de ellos.

Con sumo cuidado, colocaron a Ilay en la camilla. Inti, aún tembloroso, fue atendido también; uno de los médicos lo envolvió en una manta térmica mientras el cachorro seguía gimiendo débilmente.

Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora