Capítulo 48

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"Cosas del destino"

El último recuerdo de Ilay fue el chillido desgarrador de Inti al ser agarrado brutalmente por uno de los hombres. Su pequeño cuerpo temblaba mientras el cachorro forcejeaba, mordiendo sin éxito las manos que lo sostenían.

Ilay quiso gritar, pero antes de que pudiera hacerlo, sintió un pinchazo agudo en el cuello. Su visión comenzó a nublarse, y sus párpados se volvieron pesados como si mil cadenas los arrastraran hacia abajo.

—¡Inti...! — murmuró con la voz débil, mientras sus ojos borrosos captaron cómo uno de los hombres metía a su cachorro dentro de la camioneta.

El portazo resonó como un trueno.

Oscuridad.

Todo quedó en silencio.

En medio del caos, el hombre de la cicatriz sacó su teléfono y, con una voz áspera y cortante, dijo:

—Está hecho.

La puerta trasera de la camioneta se cerró de golpe y el motor rugió con fuerza.

La camioneta arrancó a toda velocidad, dejando tras de sí solo el silencio y la desolación de una calle vacía y una mochila en el suelo.

En otra parte Arián y Eros estaban ocupados en sus trabajos cuando de repente empezaron a sentir que algo no andaba bien, esa inquietud, ese nudo en el pecho que Arián sintió al salir de casa, lo acompañó durante todo el camino. Al principio lo ignoró, convenciéndose de que solo era el estrés por el retraso de las pinturas, pero cuanto más avanzaba, más fuerte era esa sensación de que algo estaba mal.

Por otro lado, Eros, sentado en una enorme sala de conferencias con paredes de cristal y una vista panorámica de la ciudad, no podía concentrarse. Las palabras de los empresarios franceses sonaban distantes, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Su pecho ardía. Era un instinto primitivo, una alarma interna que vibraba en sus venas.

De repente, un escalofrío helado recorrió su espalda.

—¿Ilay? —susurró sin querer, interrumpiendo la reunión.

Ambos, sin saberlo aún, estaban conectados por el mismo miedo creciente. Algo había pasado. Algo grave.

Arián y Eros eran uno solo. Podían sentir lo que el otro sentía, como si sus almas estuvieran entrelazadas a pesar de pertenecer a especies distintas. Era una conexión que iba más allá de las palabras, un vínculo ancestral que desafiaba las leyes de la naturaleza. La sangre pura de Eros vibraba al ritmo del lobo interior de Arián, y aunque el mundo los viera como incompatibles, sus corazones latían al unísono. No importaba que uno fuera un vampiro y el otro un lobo omega; en el fondo, eran dos mitades de un mismo ser, unidos por un destino imposible de romper.

Eros se levantó de repente de su silla. La sala quedó en silencio al instante, y todos los ojos se posaron sobre él, sorprendidos por su abrupta reacción. Su asistente lo miró confundido, a punto de preguntar si estaba bien o si necesitaba algo, cuando Eros dijo con voz firme:

—Me disculpo, pero la reunión se termina aquí.

Sin dar más explicaciones, se retiró con pasos apresurados hacia la puerta. Su asistente, nervioso, lo siguió rápidamente, tratando de averiguar qué le sucedía. Eros se dirigió directamente al ascensor, y justo antes de que las puertas se cerraran por completo, le dijo a su asistente:

—Encárgate de todo.

Las puertas del ascensor se cerraron, dejando a su asistente desconcertado y a la sala envuelta en un silencio aún más pesado.

Vuelvo a Casa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora