Resiste.
Ilay suspiró profundamente, intentando calmar el temblor en su pecho. Todo estará bien, se dijo a sí mismo, aunque las palabras sonaban huecas incluso en su mente. Debo enfrentar esto. Reuniendo toda la valentía que podía, levantó la barbilla, enderezó los hombros y avanzó hacia la oscura bodega donde se encontraba "el jefe". Cada paso resonaba como un eco pesado en el suelo de concreto.
Debía parecer seguro de sí mismo, intimidante incluso. Pero, claro, Ilay de intimidante no tenía nada. Con su enorme mochila rebotando ligeramente a cada paso, parecía más una hormiga trabajadora o un pequeño soldado marchando al ritmo de un tambor roto.
Los murmullos lo recibieron antes de que cruzara la puerta. El verdadero jefe del lugar lo recibió, era un viejo lobo Alfa llamado Caleb, con un cicatriz en el ojo, estaba sentado en una vieja silla, inclinado hacia adelante con los codos sobre las rodillas. Su mirada era afilada como un cuchillo y su sonrisa, torcida, no presagiaba nada bueno.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo Caleb, y su voz retumbó en la bodega como un trueno contenido—. Jorge el curioso en persona.
Al escuchar el apodo burlón, algunos de los chicos rieron, aunque Alex permaneció serio detrás de Ilay.
—Entraste aquí con una propuesta, ¿no? —continuó Caleb, incorporándose lentamente. Su tono adquirió un filo peligroso—. Y no cumpliste. ¿Sabes lo que pasó por tu culpa?
Ilay tragó saliva pero no dijo nada.
Había usado la voz feroz de una alfa, era tan escalofriante que Ilay se encogió en su lugar.
—¡Todo es tu culpa! —gruñó Caleb, dando un paso hacia él—. Perdimos gente, ¿entiendes? ¡Agarraron a dos de los nuestros! ¿Sabes lo que eso significa, niño?
Ilay se encogió aun más, pero intentó mantener su compostura.
—Yo... yo no quería que saliera mal —balbuceó, su voz más débil de lo que esperaba—. Pensé que...
—¡No pienses! —le interrumpió Caleb, golpeando la pared con el puño y haciendo que Ilay diera un salto—. Nosotros pensamos, tú obedeces. Así es como funciona aquí.
Las palabras eran duras, pero lo que realmente asustó a Ilay fue el aura de enfado que Caleb irradiaba. No era solo ira, era algo más profundo, algo que amenazaba con aplastarlo si no actuaba rápido.
—Lo arreglaré —dijo Ilay de repente, con una firmeza que sorprendió incluso a él mismo.
Caleb arqueó una ceja, y soltó una carcajada.
—¿Arreglarlo? ¿Tú?
—Sí —continuó Ilay, forzándose a mantener el contacto visual—. Déjame demostrarlo. No quiero que atrapen a nadie más. Yo... yo haré lo que sea necesario para compensarlo.
Caleb lo miró largo rato, como si evaluara si el pequeño humano frente a él era lo suficientemente útil o simplemente un problema. Finalmente, sonrió, pero era una sonrisa peligrosa.
—Lo siento niño, pero ya tu palabra no vale nada, debes pagar por tu error, yo perdí por confiar en un inútil e incompetente niño, a hora tu debes pagar por ello.
La amenaza quedó flotando en el aire mientras Caleb se giraba, dándole la espalda. Ilay apretó los puños y bajó la mirada, mientras sus lagrimas caían en cascada por su rostro.
En menos de segundo agarraron a Ilay de los brazos y tiraron su mochila al piso, Inti empezó a gruñir intentado salir de la mochila, el intuía que su pequeño dueño estaba en peligro y debía protegerlo.
—Ya saben lo que tienen que hacer, denle su merecido por fallar.
La noche parecía susurrar secretos al viento, secretos oscuros que se perdían entre las sombras de las calles húmedas y mal iluminadas. El cielo, cubierto de nubes densas y pesadas, anunciaba una tormenta que parecía guardar la misma furia que Ilay sentía en su interior. Cada paso que daba resonaba débilmente contra el pavimento, un eco solitario que se mezclaba con el goteo de la lluvia que apenas comenzaba a caer.
Ilay caminaba cabizbajo, su cuerpo temblaba no solo por el frío, sino también por el dolor y la tristeza acumulada. Su mochila colgaba pesadamente sobre su espalda, golpeando su cuerpo con cada paso, mientras sus manos, temblorosas y heridas, intentaban resguardarse en los bolsillos de su gastada chaqueta. Llegó a una esquina, donde un viejo farol parpadeaba tenuemente, como si estuviera al borde de apagarse. El metal oxidado y chirriante reflejaba la desolación del lugar. Ilay se detuvo allí, mirando hacia el cielo, sus ojos oscuros llenos de lágrimas que se negaban a caer.
"Ya no puedo más", murmuró para sí mismo. El cansancio en su voz era palpable, una mezcla de frustración y resignación. Cada día parecía peor que el anterior, y el reciente encuentro con el jefe de la resistencia había sido la gota que colmó el vaso.
Recordó la escena como si estuviera ocurriendo en ese mismo instante: los gritos, los insultos, y luego los golpes. Intentó defenderse, claro que lo hizo, pero ellos eran más fuertes, más grandes, y no mostraron piedad alguna. Sintió cada puñetazo, cada patada, como si intentaran arrancarle las pocas fuerzas que le quedaban. Su rostro aún ardía por los golpes recibidos, sino también por el miedo y la impotencia.
Apretó los puños, sus uñas clavándose en las palmas, intentando ahogar un sollozo que luchaba por salir. No podía permitirse llorar, no aquí, no ahora. "Tengo que volver a casa", pensó, aunque la palabra "casa" no tenía el calor ni la seguridad que debería tener. Sabía lo que le esperaba allí: reproches, gritos y quizás algo peor. John querría dinero, y Bárbara lo regañaría por su estado, no porque le importara, sino porque temía que alguien sospechara de ellos.
Ilay respiró hondo, intentando reunir fuerzas. "Quizás un día todo esto cambie", se dijo, aunque ni siquiera él podía creer en sus propias palabras. Por un momento, deseó desaparecer, perderse en la oscuridad de la noche, como si el viento pudiera llevarlo lejos, a un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.
Finalmente, se apartó del farol y continuó caminando. Cada paso era más pesado que el anterior, pero seguía avanzando, porque no tenía otra opción. La lluvia comenzó a caer con más fuerza, mezclándose con la sangre seca en su rostro. No podía detenerse. Si lo hacía, sabía que nunca volvería a levantarse.
Cuando llego a casa, entro por la puerta trasera, lo más silencioso posible no quería despertar a Jonh o a su tía de milagro llego a su habitación y se acostó en su fría y dura cama, mientras abrazaba a Inti, quien sentía la profunda tristeza de su dueño.
Esperando un despertar mejor.
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Vuelvo a Casa.
WerewolfHace mucho, mucho para así decirlo en una cabaña en el medio del bosque nació, un pequeño cachorro, sus padres saltaba de felicidad y ventura asía su hijo recién nacido, este pequeño cachorro era el fruto de un amor tristemente prohibido. Este peque...
