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UN PAR DE DÍAS MÁS TARDE, Marie se levantó temprano para entrenar con Miguel en la azotea, y tras una ducha exhaustiva, se dirigió a su antiguo piso con una pesadez en los músculos que reconocía bien

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UN PAR DE DÍAS MÁS TARDE, Marie se levantó temprano para entrenar con Miguel en la azotea, y tras una ducha exhaustiva, se dirigió a su antiguo piso con una pesadez en los músculos que reconocía bien. No era por el cansancio de haber estado machacándose durante hora y media. Era su propio cerebro.

Por muy idílico y divertido que fuera vivir con Johnny y Robby, aún no se acostumbraba del todo. Todo el mundo pensaba que lo tenía interiorizado y superado del todo, pero había algo dentro de Marie que no encajaba cuando subía las escaleras hacia el piso número 112, el que había sido su hogar toda la vida.

De forma inconsciente se arregló el pelo antes de llamar a la puerta de su antigua casa. Tan solo bastaron unos segundos para que un hombre afroamericano y con un delantal rosa le abriera la puerta.

—Buenos días, Marie.

—Buenos días, Raymond—saludó la latina con una sonrisa antes de aceptar una magdalena que su inquilino le ofrecía—. Oh. Gracias. ¿Está no llevará nueces, verdad?

El hombre puso cara compungida, a lo que Marie sonrió.

—De verdad que no pensé que podías ser alérgica... Me disculpo otra vez por eso.

—No pasa nada. Era una broma.

—¿Vienes por el dinero de este mes, no?—Marie asintió—. Lo tengo en la habitación. Un segundo...

Raymond la dejó esperando en la puerta mientras ella daba pequeños bocados a la magdalena que este le había ofrecido. Marianne no es que fuera muy fan de hacer amistades o de caerle bien a la gente, pero no podía negar que había tenido mucha suerte con que Raymond Walker se mudara al Valle y alquilara su apartamento. Era un hombre de unos cuarenta y tantos y era bastante simpático: Siempre le estaba ofreciendo postres recién hechos o congelados que se traía de la pastelería en la que trabajaba a media jornada. Marie desconocía porque un hombre con tanto talento no apuntaba más alto hasta que Raymond le confesó que era porque cuidaba a su mujer inválida la otra mitad del tiempo, y no tenía dinero para pagar una cuidadora toda una jornada laboral. En los dos meses que llevaban en su piso Marianne nunca había visto a dicha mujer, pero una vez oyó como ella se tropezaba y como Raymond tuvo que disculparse para ir a socorrerla. Por lo visto su mujer era totalmente dependiente de él.

Antes de que Marianne se terminase la magdalena, Raymond apareció con el sobre del dinero de ese mes y se lo entregó a Marie sin rechistar.

—Aquí lo tienes. Espero que lo inviertas bien.

La joven Lake se guardó el sobre en el bolsillo delantero.

—Muchas gracias. ¿Hay algún desperfecto en casa? Está en mi obligación arreglarlo si algo...

Raymond sacudió las manos.

—Estamos perfectamente—respondió el hombre con dulzura.

—Bueno. Pues hasta el mes que viene.

𝗥𝗘𝗔𝗗𝗬 𝗙𝗢𝗥 𝗜𝗧──𝐄𝐥𝐢 𝐌𝐨𝐬𝐤𝐨𝐰𝐢𝐭𝐳 ✧.*Donde viven las historias. Descúbrelo ahora