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EL VUELO HACIA BARCELONA SALÍA EN APENAS UNAS POCAS HORAS, y Marie estaba atareada como una puta loca. Había dedicado varios días en dejar todos los cabos atados para cuando volviera a casa: Anuló el contrato de arrendamiento de Raymond y Grace que Daniel le ayudó a formular y les devolvió el dinero de ese mes por las molestias. Supo que la pareja estaba buscando un nuevo piso, y cuando la latina quedó con ellos para que firmaran la anulación y devolverles el alquiler más la fianza no pudo evitar disculparse siete veces más.
Marianne intentó pasarse lo menos posible por su antigua casa; Tan solo lo justo y necesario para entregarle los papeles de la hipoteca firmados a su padre y recoger cualquier cosa mínima que pudiera hacerle más placentera la estancia a ese desgraciado que ella hubiera puesto allí: Recogió espejos, macetas de plantas, libros que le había prestado a Raymond... Cualquier cosa que ella hubiera comprado para sus alquilados se la llevó consigo, puesto que le parecía ya demasiado humano estar permitiendo que el hombre que le había arruinado la vida se saliera con la suya.
—Solo por indignante curiosidad...—escupió Marie cogiendo a pulso una caja de cartón llena de utensilios de cocina nuevos, mientras su padre la miraba divertido desde el sofá—. ¿Dónde has estado estos meses?
—¿Te preocupas por tu padre?
—No. Es para saber en que alcantarilla de la ciudad tengo que poner un anti-ratas.
—Tengo amigos, hija mía... Eso que tú desconocías hasta que te volviste la furcia de un puercoespín.
La latina no entró al trapo. Es más, dejó escapar una risa nasal antes de dar media vuelta. No podía mentir y decir que no le incomodaba la presencia de su padre de nuevo, pero había aprendido algo importante sobre él: Que no era tan fuerte como se pensaba. Su cara repleta de puñetazos gracias a ella lo demostraba.
Ella se acercó a coger un par de revistas que había encima de la mesa del salón y su padre puso los pies encima acomodándose como un tremendo inútil.
—Larusso tendrá contactos en servicios sociales, pero hace falta mucho más que una disputa familiar para que sea del todo legal tu adopción.
—¿Disputa familiar? ¿A eso llamas a la paliza que me diste?
Marcus Lake sonrió, pero su mirada demostraba el vacío y el odio que llevaba dentro, como estaba disfrutando con aquello, como sabía, en el fondo de su ser, que era aún el adulto y si quería podía tener la sartén por el mango.
—Solo digo que, en el momento en el que cruces la raya de esta casa de nuevo, puedo imputar esa adopción. Ni siquiera ha habido juicio. Ya no tienes ni un rasguño. No hay pruebas de que ocurriera nada.