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EXISTEN PERSONAS MUY SUPERSTICIOSAS, personas que creen en los fantasmas

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EXISTEN PERSONAS MUY SUPERSTICIOSAS, personas que creen en los fantasmas.

Marianne no era una de ellas.

Ella creía en lo que podía ver, en lo que podía explicar, en lo que tenía un sentido lógico a ojos de la ciencia... Para Marie los fantasmas no eran más que mitos que se les cuentan a los niños cuando quieres infringirles miedo si no se duermen pronto. Pero a ella nunca la habían atemorizado de esa forma. Ella sabía que había formas mucho peores de jugar con los hijos, porque a ella se lo habían hecho siempre.

Pero ahora era mayor, casi adulta.

Ya no estaba asustada.

O eso quería creer.

Marie no durmió la noche antes al día de la selección de capitanes. Si todo salía bien (y ella se encargaría personalmente de ello), esa misma noche podría descansar en paz con la banda de capitana en su escritorio. Iba a ser suya. Fuera como fuese. A todo coste.

Se miró al espejo del baño antes de meter la cabeza en el barril de hielo para la cara.

Si controlaba su mente, lo controlaría todo.

«Estás pensando como una cobra.» Le dijo algo dentro de ella, algo que llevaba dormido en su cerebro desde que había tenido que acallar su parte más sanguinaria por el bien de los demás. «No me importa.» Pensó. Siempre había sido la sensata, la buena... Ese día no lo sería.

Y sería letal.

—Deja de hacer flexiones, que vas a tener mejores abdominales que yo—le rogó Robby asomándose a la puerta de su habitación unos diez minutos después.

Marie, tirada en el suelo y sudando como una loca, se negó.

—Tory me va a ver más buena que a ti.

—La veo muy capaz de eso—dijo el ojiazul. Marie rió.

—Eh, vamos a salir ya para el dojo—dijo Miguel asomándose a su puerta también. Pese a su ánimo dejado en los últimos días por su "revisado" en la universidad de Standford, el latino tenía su actitud optimista frente a los demás cuando no estaba solo con sus pensamientos.

—Yo iré un poco más tarde—dijo ella—. Tengo que ir a dejarles un espejo nuevo a Raymond y su mujer para la habitación.

—Que buena casera eres—dijo el latino—. Buenos. ¿Nos vamos nosotros?

—Claro.

Johnny, Miguel y Robby se fueron. Carmen y la abuela estaban comprando cosas para la niña, así que ella estaba sola en la casa apurando hasta el último segundo antes de darse una ducha. Cuando estaba con el gi puesto, oyó que llamaban a la puerta. Ella se acercó a abrir. El timbre sonó con una insistencia extraña, rompiendo la calma artificial que Marie intentaba mantener en la casa para su concentración. Apenas abrió la puerta, se encontró con la figura de su inquilino: Raymond, un hombre bueno y amable, que en ese momento estaba totalmente descompuesto y pálido. (Y teniendo en cuenta que era negro, era bastante sorprendente).

𝗥𝗘𝗔𝗗𝗬 𝗙𝗢𝗥 𝗜𝗧──𝐄𝐥𝐢 𝐌𝐨𝐬𝐤𝐨𝐰𝐢𝐭𝐳 ✧.*Donde viven las historias. Descúbrelo ahora