Capítulo 50

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Isidoro, al final, tenía el día libre, y obviamente, tenía planeado pasar su tiempo en el Malibú. Había intentado convencer a Gustabo de que lo acompañara, pero el rubio había insistido en que tenía cosas que hacer en comisaría. El oficial no sabía si creerle o no, ya que su amigo seguía suspendido, pero no le quedaba de otra que aceptar su respuesta e irse solo. 

Nunca había estado en la discoteca desde temprano, pero era de esperarse que el lugar estuviera más que vacío. La música estaba como ruido de fondo, y los sonidos que llenaban el lugar eran causados por los trabajadores, acomodando el establecimiento para los visitantes nocturnos.

Isidoro se acercó a la barra, donde Luis estaba limpiando y acomodando vasos y copas. Aunque el muchacho siempre estaba en el local, y además estaba haciéndole vigilancia a Daniel a petición de Isidoro, los dos no solían conversar en absoluto.

—¿Qué tal, tete? Ponme un whisky.

Luis levanta la mirada, observándolo en silencio por unos segundos.

—¿Cuantos días van ya? ¿Tres? ¿Cuatro?

El peliblanco inclinó la cabeza hacia un lado. —¿De qué estás hablando?

—De que vienes todos los días.

Isidoro se encoge de hombros. —Mejor para el abuelo, que le doy mi dinero.

Ese comentario le saca una pequeña risa al muchacho. —No es que le haga falta, pero bueno.

Luis se gira, toma una botella y un vaso, y le sirve a Isidoro su whisky, deslizándolo hasta su asiento. El oficial toma el vaso y se baja el contenido de un sólo trago.

Soltando un largo silbido, Luis mira al peliblanco, ceja alzada. —¿Problemas de amor, de dinero, o de vida o muerte?

—¿Qué sentido tendría dejarme dinero en un bar si estoy teniendo problemas de dinero?

—Te sorprendería...—dice Luis.

Ambos se quedan callados un momento, Isidoro mirando fijamente sus manos que se aferran al vaso de whisky vacío.

—Amor, entonces—agrega el muchacho.

Isidoro alza la mirada pero no afirma ni desmiente nada. Sin embargo, el contacto visual parece ser suficiente para Luisito, quien vuelve a soltar una risita.

—Anda, cuéntame cuál es el problema.

El peliblanco negó con la cabeza. —Nada de qué preocuparse, tete. ¿Me pones otro whisky?

Luis le sirve otro trago, se lo extiende, y espera a que Isidoro vacíe el contenido.

—Si no es nada, ¿qué haces en una discoteca cuando aún hay luz del sol, tomando whisky como si fuera agua?

Isidoro sonrió, encogiéndose de hombros. —Me gusta tomar. Sólo eso.

Las comisuras de la boca de Luis se inclina hacia abajo en la especie de sonrisa inversa. El brillo en sus ojos dejaba claro que encontraba divertida la situación.

—El Malibú será relativamente nuevo, pero el abuelo y yo llevamos años en este tipo de negocios. Ya vi suficientes personas despechadas como para reconocer a una. Especialmente si viene a hundirse en alcohol a plena luz del día.

El peliblanco se queda en silencio, mirando fijamente a Luis, para luego deslizar el vaso vacío hacia él. —Otro—pide.

Luisito lo tomó como la manera del oficial de dejarle claro que no hablaría del tema, por lo que decide encogerse de hombros y llenar el vaso.

Cuando se lo entrega, a diferencia de antes, Isidoro no se toma el contenido. En cambio, el peliblanco mira fijamente el vaso mientras lo mueve delicadamente entre sus dedos, perdido en su propia mente.

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