Leonardo corrió montaña abajo.
120...119...118...
Su mente, al igual que su cuerpo, estaba en un estado de frenesí. Corría y pensaba a mil por hora. ¿A dónde ir? ¿Dónde esconderse? ¿Podría esa roca parar una bala? ¿Será que desde este ángulo Trucazo no puede ver? Pero también había una pequeña parte de su cerebro reservada para contar. Tenía sólo dos minutos antes de que le dispararan, y haría bien en tener ese tiempo presente.
111...110...109...108 segundos para encontrar un lugar donde esconderse.
La montaña estaba bastante inclinada, por lo que gana inercia con rapidez. Su trote acelera hasta convertirse en carrerilla, y sus cortos pero medidos pasos pasan a ser zancadas descontroladas. No tarda en perder el control de su velocidad. Tropezándose con algo, se va de cara al suelo, y su inercia lo hace rodar montaña abajo.
Uno podría argumentar que de esa manera se baja más rápido, pero no había nada cómodo en golpearte repetidas veces contra la piedra de la montaña mientras el mundo te da vueltas. Y la hierba seca tampoco hacía nada para amortiguar los golpes. Podía sentir pequeñas piedras y trozos de madera clavándose en su piel con cada giro.
Tiene mareo, y ver el mundo mientras caía montaña abajo sólo acabaría por darle una migraña tremenda, pero se niega a cerrar los ojos.
97...96...95... Tenía que dejar de rodar y empezar a correr si quería tener una oportunidad de sobrevivir.
Para su suerte, la montaña no es tan alta, porque lo que no tardaría mucho en llegar hasta abajo. Aun así, seguía siendo una experiencia poco recomendable.
Cuando la montaña se allana un poco, su descontrolado descenso se reduce a un ritmo manejable. Le toma un instante poder reaccionar. Le dolía todo. Sus hombros y brazos parecían haber recibido la mayoría de los golpes, y sentía como si tuviera la clavícula rota. Se toqueteó la zona y se aseguró de que el hueso estuviera en una sola pieza.
Su cuerpo sólo quería quedarse ahí tirado hasta que el mundo parara de darle vueltas, pero la insistente cuenta regresiva en su cabeza lo obligó a moverse. Intenta levantarse, pero no puede ni ponerse de rodillas sin irse de nuevo de cara al suelo.
Se maldice internamente y trata de ponerse en pie hasta que lo logra, no sin antes tener que hincar rodilla un par de veces. Le duele un pie. No es mucho, pero el dolor estaba ahí. Un esguince o un simple golpe, no sabía.
Sus movimientos no tenían gracia alguna. El suelo seguía sin estar estable bajo sus pies, pero lo que importaba aquí era huir a como diera lugar, sin importar si se veía como un borracho intentando caminar recto.
80...79...78...77... Había perdido mucho tiempo en el suelo. Tenía que moverse.
Por su parte, Freddy veía cómo Leonardo intentaba escapar. Había cubierto una buena distancia al rodar en lugar de caminar o correr, y ya estaba casi al pie de la montaña. Sin embargo, el hombre perdió valiosos segundos al intentar estabilizarse, y tal parece que su caída debió darle un buen golpe porque estaba cojeando.
Leonardo estaba prácticamente saltando en un pie, tratando de moverse a una buena velocidad mientras buscaba un lugar donde estuviera fuera de peligro. La tarea de huir no era fácil en primer lugar, y tener un pie herido sólo hacía todo peor. Era desafortunado, pero eso podría costarle la vida.
No que Freddy hubiera planeado en perdonársela, claro estaba.
Trucazo acomodó la culata del franco en su hombro, colocó una mano debajo del cañón, alineó su ojo derecho con la mirilla del arma, relajó su respiración y acarició el gatillo con el dedo.
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Bloom
RomanceLuego de verse envuelto en un escándalo en su antigua comisaría, Isidoro pide su traslado a Los Santos, lo más lejos posible de su antigua vida que tanto dolor le trae. Para evitar aún más daño y para proteger la identidad de quien lo ayudó a huir...
